miércoles, 20 de febrero de 2019

Roma, la mirada incompleta


La película Roma de Alfonso Cuarón está cosechando parabienes. Y los halagos le llegan de gente que la interpreta de forma diversa, pues la cinta atesora muchas capas de significados. Lo cual es una nota distintiva de las obras maestras. Éstas no pueden ser crípticas ni abstrusas, como el cuadro hiperabstracto que sólo inspira al crítico especializado. Han de ser locuaces. Pero tampoco pueden reducirse a una vulgar soflama ideológica, con un mensaje unidimensional. Sueltan mil pajarillos y cada espectador atrapa el que ve, el cual a menudo es aquél para el que tiene un molde en la cabeza. Al parecer, las cosas que nos vienen ocupando crean en nuestro cerebro una suerte de filtro, que percibe lo que le interesa. Nuestra visión de una obra es como la respuesta a un test de Rorschach, que nos dice cómo somos o al menos cómo estamos siendo en una época determinada. 

Veamos algunos ejemplos. (Para quien no haya visto la película, aviso de que, a partir de aquí, incurriré en spoilers) 

En el Blog Hay Derecho, el Notario Rodrigo Tena hizo una excelente lectura de Derecho Político (en este post). Él dirigió su cámara mental a la escena en la que Cleo, la criada mixteca, embarazada y abandonada por su novio, le confiesa a su “ama” su situación. Pregunta si la van a despedir, lo cual equivaldría a un auténtico descenso a los infiernos. La señora es generosa: no lo duda y por supuesto la acoge. Pero Tena apunta que en una sociedad democrática nadie debería estar en manos de otro, por benevolente que éste sea. Unas instituciones que se precien deberían evitar que las desigualdades socioeconómicas hagan a algunos dueños y señores de la vida de otros. Y, para ilustrarlo, aporta el ejemplo de un esclavo de la otra Roma (la que no es un barrio de la capital de México, sino la cuna, con Grecia, de nuestra civilización) y lanza un dardo a las modernas multinacionales. 

Otros habrán pensado: el contexto jurídico-político será el que sea, pero lo que me llama la atención es cómo navegan los personajes entre las coordenadas de sus vidas, las que les tocaron. Cleo busca a su novio y éste se libra de ella con cajas destempladas. Luego pierde en el parto a su bebé, cuya llegada (acabará confesando) no deseaba... Hundida, se la lleva de viaje la familia, que también anda de capa caída por el abandono del padre. Y todos nos hemos sentido acongojados con esas escenas en las que dos niños están a punto de ahogarse en la playa, pero la criadita, sin saber nadar, se adentra en el agua y anda y anda hacia lo profundo (she is wading into the water, dirían en inglés, during what looks like in an endless quest), hasta que al final los atrapa, salvando la vida de ellos y la suya propia de puro milagro. Ve uno la empatía entre estos seres y siente un chorro de empatía hacia ellos (a lo mejor la que no brotó en nuestras interacciones diarias…). El cine, dice este crítico, es una máquina de crear empatía.  

Es más, sobre esta base, yo he escuchado también una interpretación política de signo opuesto, nostálgica de épocas pasadas: se trata de ensalzar la figura de esas madres sustitutas que eran, en el ejemplo extremo, las esclavas negras del Sur americano. Especializadas en su tarea, sin otro horizonte vital, a menudo creaban con sus “señoritos” un vínculo más hondo que el de la madre biológica, que vive distante de sus hijos, ocupada en vanidades sociales. Los propios preceptores y las institutrices a la antigua usanza eran, mutatis mutandi, algo semejante: solían ser personas que habían quedado fuera de la carrera de sus propios intereses, por circunstancias sociales o personales, y, gracias a ese mal, hacían el bien de dedicar sus vidas a educar con esmero a los hijos de otros.  

Evidentemente, no vamos a propugnar la vuelta a esas situaciones injustas. El amor y la empatía no salvan de la quema un sistema inicuo, entre otras cosas porque nunca son plenos. Por mucho que los miembros de la familia quieran a Cleo, los roles no cambian: después del baño de afecto en la playa, al regresar al hogar, ella limpia sola la mierda del perro, nadie la ayuda. La relación sigue siendo de servicio y es exigible que sea equilibrada. Siempre van a hacer falta las instituciones que reclamaba Tena: un Derecho laboral equitativo y unas prestaciones sociales que aseguren a todos un espacio de dignidad desde el que negociar sus condiciones laborales.  

Pero justo es reconocer que aquellas posiciones reaccionarias, como las que hoy abundan, alguna verdad esconden entre los pliegues de sus sinuosos vestidos. Es bueno advertir que a los exabruptos de los “políticamente incorrectos” les animan decepciones y perplejidades para las que el establishment no tiene respuesta. Lo que habría que hacer es extraer, mediante una cesárea de urgencia, lo que de bueno y de justo navegue en esa nostalgia, haciéndolo compatible con lo que le faltaba. ¡Habría que armonizar la globalización con la industria en Europa, los derechos de la mujer con tener un ama que te mima y la automatización con el derecho al trabajo! De momento, empero, en lo de la crianza de los niños, no se me ocurre más que mirar a los robots: ¡el mal no es que hubiera esclavos, solo que fueran humanos!  Esperemos que los japoneses fabriquen robots que den el pecho a los bebés, cocinen como la abuela y repartan besos o reconvenciones cuando un algoritmo educativo lo bendiga… 

Otra temática que navega por la película es la de las mujeres. No las tratan bien. A la señora su marido la tiene medio olvidada y la acaba abandonando. A la criada, el novio la utiliza y la tira; y cuando ella le implora otro trato, al canalla le falta poco para propinarle un puntapié. Sin embargo, ellas se alzan por encima de los que las desprecian, gracias a su estatura humana y su buen hacer, sensato y humilde, como el de la propia abuela. Y luego está la solidaridad entre ellas, que luce bonita, como dirían los mexicanos. 

Al poco de ver la película, en mi empresa tuvimos una convención de abogados y una mujer, nuestra jefa, tuvo la feliz idea de organizar un seminario sobre mindfulness y técnicas de respiración. Esto me trajo a la cabeza el tema del control mental, que siempre me interesa. En la película, el novio de la criada protagonista estudiaba artes marciales. En una escena se le ve escuchando enseñanzas de un maestro del que pareciera emanar un aura de espiritualidad. Mas el novio de marras utiliza ese saber para el mal, no sólo para ser insensible con su novia, sino también para asesinar a estudiantes que se manifestaban en las revueltas de los 70. Así que, no sólo el progreso económico o tecnológico necesita dirección,  ¡también el psicológico y espiritual! 

Por mi parte, yo me quedo con la forma de la película. Lo cual es como decir que escojo el tema principal, pues el mensaje más relevante y el que define una obra es el que está más imbricado con su factura formal. El tema es la infancia, el ver la vida con ojos de niño. 

Está claro que Cuarón, que tiene más o menos mi edad, se fue a pasear por el hábitat de su niñez, por ese barrio de clase media, tirando a acomodada, donde en los años 60 y 70 vivió en una casa parecida a la de la película, y dejó que los olores y los ruidos de aquella época le hablaran y le dictaran lo que tenía que filmar. Además, parece que él mismo se hizo cargo de la fotografía y ese arremangarse para ocuparse de lo técnico sin duda aguzó su inspiración. No en vano dicen que a los escultores les habla el barro a través del tacto y al pintor el lienzo y los colores.  Pues imagino que a Alfonso Cuarón, cuando miraba por su cámara, mientras jugaba con los encuadres y las luces, se le dibujaban en el objetivo miles de escenas de aquellos años de su infancia, que le reclamaban un hueco en la película. Y, en efecto, ésta está un poco hecha como desde la perspectiva de los niños. Se me dirá: o desde la óptica de Cleo…, pero es que ella es también una outsider que, de tan jovencita y socialmente alejada del mundo de los blancos adultos, lo percibe desde el exterior, sin conocer sus claves. 

En puridad, la película no nos narra historias ni tramas, sólo nos presenta retazos, cuyo significado se medio-intuye, al modo y manera de cómo los niños ven de reojo la vida de los mayores. No nos declaran que hay un problema entre marido y mujer, sólo vemos de pronto un fotograma de discusión, un gesto de desaire, un instante en el que el padre pasa riendo con otra mujer, como en un sueño. Se ve entrar a la madre en casa por el estrecho paso de carruajes, dando golpes con el coche a izquierda y derecha; sale y parece algo bebida… Algo andará mal, imaginamos. La propia reunión de amigos (cercana al final, en la hacienda de unos allegados de la familia) se dibuja como una sucesión de escenas sin especial hilazón, a menudo exageradas, extravagantes. Como el hijo que se pega a la puerta para espiar una conversación, no nos cuentan lo que pasa, “no más” cazamos fragmentos a base de eavesdropping.  

Y todo esto, como anunciaba antes, probablemente lo pienso porque lo llevaba ya en la cabeza. En el post anterior, un poco socarronamente, afirmé que una operación matemática, la de multiplicar un número por su conjugado complejo, como forma de hallar su valor absoluto, contenía una clave sobre el sentido de la vida.  

Luego he estado leyendo sobre el filósofo Espinoza, uno que por cierto quería matematizar la ética… (Su obra principal es Ética demostrada según el orden geométrico.) 

Espinoza fue un gran tipo. De familia judía expulsada de Portugal y emigrada a Holanda, donde les amparó la tolerancia religiosa, estudió los libros sagrados hebreos, pero los consideró invenciones, motivo por le cual la comunidad judía pronunció un anatema contra él. Sin embargo, no se las arregló mal, gracias a la humildad de la que careció el novio de Cleo. Se ganó un modesto estipendio puliendo cristales (entre otros, para el científico Huygens). También le ayudó un amigo mecenas, que ocupaba un cargo político. Esto le permitió darse el lujo de rechazar una cátedra y así conservar su independencia de pensamiento. Al modo de Einstein, no creía en un dios personal, que hubiera diseñado y siguiera como en una telenovela los avatares de nuestras vidas, pero sí hablaba de Dios como sinónimo de la naturaleza o del universo. Pues bien, en lo que aquí interesa, Espinoza mantiene que, desde nuestra dimensión humana, nos es imposible comprender ese Todo, el cual supera nuestra capacidad de entendimiento.  

Quizá somos los seres humanos como el número real que no entiende las manipulaciones a las que se le somete, para hallar su magnitud: ¿por qué diablos -se interroga- me multiplican por mí mismo, para luego aplicarme la raíz cuadrada?  Lo mismo se debían de preguntar los niños de Roma y la propia Cleo, con su mirada incompleta: ¿qué pasa aquí, cuál es el juego que han montado los mayores, de qué va esto? Habrá que tener la esperanza de que, con la perspectiva adecuada, si pudiéramos ver el Todo, captaríamos su razón de ser. Ojalá nos suceda como cuando -en la entrada anterior del Blog- subimos un peldaño en el nivel de complejidad  y generalización, dando juego a los números complejos y su forma exponencial: a partir de ahí (¡final feliz!) todas las piezas lógicas encajaron como por arte de magia…  

Entretanto, aceptemos lo que hay. Y a seguir jugando, sin tomarse todo esto demasiado a pecho. A estos efectos, la película también tiene una metáfora: en un momento dado, los niños varones se pelean y la abuela los regaña, pues estaban jugando a sus juegos infantiles en plan muy competitivo, como si fueran la realidad 

viernes, 1 de febrero de 2019

La vida y los conjugados complejos

Gracias a la herramienta IF THIS THEN THAT, cada vez que publico una entrada en Blogger, automáticamente se da noticia de ello en Linkedin. Llega entonces al Blog algún visitante despistado que me pregunta: ¿y qué utilidad tienen en el mundo de los negocios estas historias que Usted cuenta? Pues la tienen, la tienen. Esta semana leía en prensa que en el centro de I+D de mi propia empresa se reclaman matemáticos. También se decía allí que no hay matemáticos en paro. Y el motivo que se daba es, precisamente, que esa disciplina enseña a hacer abstracciones o generalizaciones, lo cual a su vez es una forma excelente de resolver problemas, de los que se plantean en cualquier ámbito profesional.

Lo mismo se podría decir del Derecho, el cual, bien mirado, es -como vengo defendiendo- muy parecido a la matemática. Ambas disciplinas se preocupan de definir conceptos de forma precisa y sobre todo tratan de estirarlos al máximo, a fin de abarcar más y más fenómenos de la realidad, mediante el mecanismo al que antes me refería, el de la abstracción y la analogía. Ciertamente, el Derecho busca modificar esa realidad. Y pareciera que las Ciencias exactas sólo pretendieran describirla. Por eso, en el ámbito jurídico decimos que los conceptos se definen en función del fin perseguido, que pomposamente llamamos el espíritu de la norma. En cambio, los matemáticos y los físicos a menudo se centran en las propiedades de las cosas, en sí mismas consideradas. Esto es un error, sin embargo, porque en realidad el conocimiento, el de cualquier disciplina, no es más que una forma resolver problemas prácticos. Y ese fin es lo que, también para las Ciencias experimentales, ilumina el alcance y sentido de sus conceptos. (¡Advoco pues, sin ambages, por que los científicos se plieguen a la interpretación teleológica!)

Cuestión distinta es que en todos los ámbitos a menudo se olvida esto, incluso de forma deliberada. Abogados y políticos solemos jugar con los conceptos… no para aclararlos y hacerlos más útiles, sino a fin de crear confusión y sacar partido de ella, pues ése es el momento idóneo para arrimar el ascua a nuestra sardina. Se dice que el humor consiste en manipular el significado de las palabras, explotando sus ambigüedades y contradicciones y creando así propuestas absurdas y, por ende, risibles. Los juristas, frecuentemente, hacemos lo mismo, sólo que con más disimulo… Es más: si me apuran, tampoco los matemáticos pueden tirar la primera piedra, pues incurren en idéntico pecado (rodearse de una nube de tinta, al modo calamar) cuando se amparan en conceptos y razonamientos muy abstractos y difíciles de destripar para justificar posibilidades fantasmagóricas, que no resuelven ningún problema real: antes bien, crean los que no existen. Verbigracia, cuando se dicen cosas como que las ecuaciones tal o tal no es que prueben, pero “no descartan” la posibilidad del viaje en el tiempo…

Mas dejemos de lado el supuesto patológico, el del mal uso, y volvamos al bueno, para analizar un ejemplo concreto de una excelente técnica para resolver problemas, que ilustraré con un supuesto matemático, aunque también los habrá jurídicos y de cualquier otro tipo. Tanto me ha gustado esta técnica que me he quedado con una sensación de excitación y una percepción intuitiva, vaga pero prometedora, sobre si ese mismo truco, no sólo podría emplearse por los ejecutivos para aumentar los beneficios de sus empresas, sino que acaso… ¿acaso podría aportarle un sentido a la vida? No prometo nada, no obstante; sólo que me aplicaré a explicar la técnica en sí con mucho cariño, a fin de prepararla para un uso superior.

La idea base me la lanzó un vecino el verano pasado. Estando en la piscina, bajo el sol de Denia, prendió la conversación, algo que apenas había sucedido antes, pese a conocernos desde hacía varios años. Hablamos de varias cosas y en un momento dado me reveló que había estudiado Exactas. Esto me alborozó y aproveché para consultarle una cuestión como las que me suelen ocupar (una forma de entender las cosas, un planteamiento didáctico, en aquella ocasión relativo al cálculo diferencial). Me sugirió, más que una solución, un método: pasa al siguiente nivel, analiza el supuesto más complejo, pues a menudo lo elevado ayuda a entender lo elemental. Usé el truco en aquella ocasión y me sirvió. Y algo así es también lo que he estado haciendo en el último post. Mantenía en éste que en muchas situaciones anida algún elemento implícito, uno que tenemos tan asumido que no nos percatamos de que lo estamos aplicando. Y, claro, es al pasar al siguiente nivel, al subir un peldaño por la escalera de la abstracción, cuando ese elemento deviene imprescindible y empezamos a sospechar que estaba también presente, aunque disimulado, en el caso elemental. A partir de ahí, no sé si lo general ilumina lo particular o a la inversa. Supongo que hay que fluir o transitar entre lo uno y lo otro para ir fijando el significado que se persigue: subirse al helicóptero para, ganando una visión general de la película, adivinar qué detalles la componen y luego bajar al suelo y empuñar el microscopio para, escrutando las minucias, intuir el patrón que conforman cuando se combinan.

Además, tal y como anunciaba al principio, en todo este proceso ayuda sobremanera pensar en el objetivo práctico de la operación analizada, en su raison d’être, en el espíritu de la norma, el cual puede estar también más o menos oculto, pero se desvela a medida que se van aclarando cosas.

Toca pues ilustrar el método con un ejemplo de su aplicación.

Cualquier sabe lo que es el valor absoluto de un número. El de +2 y -2 es ꟾ2ꟾ, es decir, algo que vale lo mismo con independencia de si el número es positivo o negativo. No hace falta ninguna operación para averiguarlo. Es algo intuitivo: si el número es 0 o > 0, el valor absoluto es el propio número; si es < 0, se le quita el signo negativo.

Sin embargo, si consulta Usted cualquier manual o referencia (como la correspondiente entrada de Wikipedia), verá que allí le proponen también una operación matemática para hallar el valor absoluto: se trata de multiplicar el número por sí mismo y luego sacar la raíz cuadrada del resultado. Así, por ejemplo, tanto 2x2 como (-2)x(-2) dan +4, siendo así que √4 es 2. Alguno objetará que en realidad la raíz cuadrada de +4 es a la vez +2 y -2, pero -según los manuales- no es así en este contexto, donde √+4 quiere decir, efectivamente, 2.

Todo lo cual deja un cierto regusto de insatisfacción, ¿no es cierto? Para empezar, se cruza por aquí un nubarrón que a menudo desconcierta a muchos, no sólo en este caso: si lo negativo es lo que está "a la izquierda" o, si se quiere, "la deuda, la pérdida, la ausencia...", ¿por qué un número negativo multiplicado por otro negativo no da más de lo mismo, sino otro positivo? Y luego está lo que acabamos de confesar: ¿no es un poco arbitrario eso de ordenar que en este caso la raíz cuadrada de +4 no admita las dos soluciones, +2 y -2?

Ya tenemos pues unos pequeños enigmas. La solución, reza la técnica que propugno, consiste entonces en complicar las cosas. Hemos efectuado la operación con números reales, repitámosla con otros complejos.

Recordemos (véase el Apéndice de este otro post) que los complejos son aquellos números que tienen un componente en la recta de los reales y otro en un eje vertical, llamado eje imaginario. Son semejantes a un “vector posición”, que localiza un punto (en el plano formado por esos dos ejes, el llamado "plano complejo") mediante las coordenadas x e y, que aquí se llaman la parte real y la parte imaginaria. La diferencia más aparente con el vector es que la primera coordenada se computa en unidades del número real 1, mientras que la segunda cuenta con una unidad peculiar, la imaginaria, denominada i (cuyo valor es raíz cuadrada de -1).

Pues bien, si intentamos hallar el valor absoluto de un número complejo mediante la regla antes vista, la del cuadrado y raíz, sale cualquier cosa (la norma no funciona). El método correcto consiste en, antes de aplicar la raíz cuadrada, multiplicar el número no por sí mismo, sino por su conjugado complejo, que es como si dijéramos el otro yo con el que se topa el número cuando se mira, cual Narciso, en el espejo del agua. En efecto, el conjugado es el número que tiene la misma parte real, pero la parte imaginaria de signo opuesto; así, si tenemos x + yi, su conjugado será x – yi, como se ilustra en este dibujo:



Esta multiplicación [(x + yi)( x - yi)] se efectúa siguiendo las reglas aritméticas habituales: multiplicando cada término de un paréntesis por los dos del otro y sumando los resultados. Hecho esto, ¡sorpresa! Se obtiene la suma de los cuadrados de las coordenadas x e y, de la que entonces se extraería la raíz cuadrada [√(x2 + y2)]. Lo cual significa que el resultado será siempre un número real (las unidades imaginarias se han volatilizado) y positivo (si asumimos, como antes, que la raíz solo admite la solución positiva).

Así las cosas, los matemáticos pronto encuentran una explicación: advertir que lo del conjugado es la auténtica regla general, la expresión completa, que vale para todo tipo de números; la que habíamos empezado estudiando (el simple elevar al cuadrado y sacar la raíz) era sólo un caso especial para números reales, cuya parte imaginaria es 0 [√(x2 + 02)=√x2 ].

Además, a poco que nos fijemos, enseguida reconocemos que dicha expresión es también, con arreglo al Teorema de Pitágoras, el valor de la hipotenusa del triángulo rectángulo que forma ese vector posición al que se asemeja el número complejo con sus coordenadas. Al final, a través de esta vía un tanto torcida de los conjugados complejos, hemos obtenido el mismo resultado que cuando se calcula el módulo o magnitud de un simple vector...

Se trasluce así que el propósito de todas estas operaciones es el mismo. Aquello que sonaba tan abstracto como “obtener el valor absoluto” ha tomado un color más concreto, ya asoma un objetivo práctico, la intención de resolver determinado tipo de problemas. Hay veces en la vida en las que nos interesa cuál es el módulo, la magnitud de los objetos, sin importar para dónde apuntan o hacia dónde tiran. Unos empujan hacia la derecha, otros a la izquierda; unos para arriba y otros para abajo; y los más eligen direcciones intermedias, mirando para allá o para acá. Seguro que a múltiples efectos importa la dirección, pero puede que a otros no: para algún propósito, querremos elegir al que con más ímpetu haya tirado, al que más distancia haya ganado respecto del origen, cualquiera sea su dirección. Esto es el valor absoluto.

¿Y por qué consigue aislarlo el método que nos ocupa, lo de multiplicar el número por su conjugado y aplicarle la raíz cuadrada?

Si nos fijamos en la expresión considerada hasta ahora (la que multiplica los componentes entre sí), es difícil adivinarlo. Pero se hace la luz si tomamos otra perspectiva, utilizando una descripción de un número complejo algo más sofisticada (la polar y exponencial), a la que precisamente aludía en la entrada anterior del Blog:

r *eiθ

La ventaja de esta expresión es que sus elementos separan nítidamente: por un lado, lo que perseguimos y queremos aislar (el módulo, el valor absoluto, el radio "r") y por otro, lo que nos sobra ("eiθ"), que es lo que intenta redimensionar dicho radio, pero perpendicularmente ("a la i") y, por tanto, sólo lo rota (en concreto a lo largo de un arco de “θ” radianes).

¿Por qué nos sobra la rotación? Porque, como decía, intentamos averiguar la magnitud de los números. Queremos hacerlo a nuestras anchas, poniéndolos a todos juntitos y alineados, para así compararlos mejor. Qué mejor idea entonces que hacerlo donde empezó todo, en la recta real, lado positivo. Pero esto exige que a los hijos pródigos que salieron de casa, a todos los que tomaron otras direcciones, los traigamos de vuelta, quitándoles la rotación que puedan haber adquirido.

¿Y cómo eliminar esa dichosa rotación? Probemos a multiplicar por el conjugado complejo. El conjugado de r * eiθ es, conforme a la definición, otro número con el mismo "r" y el "θ" opuesto, o sea, con exponente negativo:

r * e-iθ

Operamos...

r*e*r*e-iθ = r2*eiθ-iθ = r2*e0 = r2*1= r2

Y está claro: comoquiera que, al multiplicar potencias, los exponentes se añaden, la suma de un ángulo y su opuesto da 0; e elevado al adverbio 0 significa que no se multiplica por e (dicho de otra forma, se multiplica por 1). Luego ya hemos conseguido el objetivo: ha desaparecido la rotación, el hijo pródigo ha vuelto a la recta real.

Permítanme aquí regodearme en una explicación más literaria de lo que ha sucedido. Multiplicar un objeto por un número, vengo sosteniendo, es aplicarle un adjetivo, es como tocarlo con una varita mágica y embellecerlo -o afearlo- con un atributo. Y el número complejo no es más que un adjetivo de última generación, que porta dos cualidades: si eres una rana, te hace una rana más grande y encima te pone mirando para otro lado... La multiplicación por el complejo al menos deshace esto último y te devuelve a la posición original...

¡Y atención! Éste es un momento estelar, porque acaba de entrar en escena el elemento implícito al que me refería: un cachorro que pululaba por el supuesto elemental, pero estaba jugando al escondite; ha sido preciso perder el miedo y entrar en la caverna donde vive su  hermano mayor y mirarle a la cara; entonces regresamos al caso elemental y reconocemos al pequeñín, que nos aguarda tan campante, muerto de risa. En efecto, el hermano mayor es la idea de que, cuando un número tiene parte imaginaria (un componente vertical), al multiplicarlo por su complejo, lo rotamos para traerlo de vuelta al suelo. Y el pequeño es el hecho de que lo mismo sucede cuando el número está asentado en la recta real, sin parte imaginaria.

Hombre, cierto es que si pensamos en un +1 (que en forma compleja es ei2π), al multiplicarlo por su conjugado (e-i2π= también +1) lo rotamos 360 grados (2π radianes, una vuelta completa), para devolverlo al punto de partida (ei2πe-i2π=+1) y todo esto sólo por darle gusto a la regla general. 

Pero si partimos de un -1 (e), la operación ya no es tan ociosa: aquí la multiplicación por el conjugado (e-iπ) sí lo mueve; su efecto es rotarlo 180 grados (π radianes, una media vuelta) para traerlo al terreno de las comparaciones, a la vertiente positiva (ee-iπ=e0=+1). Esto explica el pequeño misterio de por qué (-1) por (-1) no significa atribuir, a algo que está ya a la izquierda, la cualidad de "estar más a la izquierda" o, si se quiere, atribuir a algo que denota ausencia, la cualidad de padecer "más ausencia"; la virtud que se regala es otra cosa, es -como vengo indicando- la de ganar medio giro. Éste es, pues, un concepto relativo, que depende de la posición de partida: al que está en casa, lo echa; al que está fuera, lo trae de vuelta.

(En realidad, ésta es una verdad que ya había quedado comentada en entradas anteriores. Es también el motivo de por qué las unidades del eje vertical o imaginario son √-1: multiplicando un radio con valor +1 por -1, lo rotamos 180 grados; para rotarlo 90 grados, deberemos medio-multiplicar por -1, o sea, hacerlo por √-1; esto es, en consecuencia, lo que hay que hacer para convertir una unidad real en otra imaginaria. Pero ojo: esto es así, i o √-1 te manda al eje vertical, porque lo aplicamos a +1, pero si lo aplicáramos a -i, por ejemplo, el efecto es traerlo a la recta real, lado positivo. Es lo que pasa con las rotaciones...)

Bien, pues si "r" fuera la unidad, ya habríamos terminado el trabajo. El problema es que el número complejo replica el original, invirtiendo el ángulo, pero manteniendo el módulo. De este modo, la multiplicación por el complejo "se pasa de frenada": por un lado, nos acerca al objetivo, ya que la suma de un ángulo con su opuesto lo cancela; por otro lado, se aleja de la diana, porque nos trae el módulo, pero inflado, elevado al cuadrado... ¿Solución? Hay que librarse de este efecto colateral obteniendo la raíz cuadrada de ese recién llegado con sobrepeso.

Comprendemos así también aquello que antes nos parecía caprichoso y arbitrario: ¿por qué aquí la raíz cuadrada de +4 no admite las dos soluciones, +2 y -2? Así de estúpida es la respuesta: ¡porque lo que buscamos, lo que queremos obtener es +2 y si admitiéramos el -2 no lo conseguiríamos!

(Por cierto, otra forma de regresar al módulo sería dividiendo por el mismo. Como veremos en su momento, esta observación será útil en otro contexto. Aquí no, porque no tendría sentido pedir que se divida por un módulo que no conocemos hasta que no sacamos esa raíz cuadrada que se pretendería sustituir...)

En conclusión, hemos alcanzado felizmente todos nuestros objetivos. Hemos resuelto los pequeños enigmas planteados y lo hemos logrado con la técnica propuesta:

- El método del conjugado complejo funciona porque es la forma de satisfacer el fin que perseguimos (poner los números en la recta real, vertiente positiva) y así resolver el problema práctico que nos ocupa (comparar los objetos de forma homogénea, averiguando cuál ha ganado más distancia respecto del origen, cuál tiene más magnitud o módulo, abstracción hecha de sus respectivas orientaciones…)

- Gracias a esto, a complicar las cosas, a subir al escalón siguiente, hemos comprendido que ese método complejo y el elemental son de la misma familia; conocer al hermano mayor (el conjugado rota de vuelta a casa, desde cualquier punto del espacio) nos ha permitido descubrir al benjamín, que estaba presente, pero implícito, en el supuesto sencillo (también se rota cuando se trae al -1 a casa, aunque aquí se trata de una rotación más simple, sin parte imaginaria). Esto ha sido la clave para dar sentido a unas reglas que parecían arbitrarias: por qué negativo por negativo da positivo (porque la cualidad que atribuye -1 no es "izquierda" sino "medio giro", desde donde toque) y por qué aquí la raíz cuadrada sólo admite la solución positiva (porque si no, no conseguimos lo que queremos...).

Todo esto, adelanto, tiene una secuela muy interesante cuando se advierte que los propios vectores pueden estar compuestos de números reales o complejos, se observa también que estos componentes pueden ser infinitos (como pasa en las funciones) y, con este bagaje, se analizan las transformaciones de Fourier. En ese punto, todo lo comentado hoy se revela como muy útil, ¡de la misma manera que tales complicaciones iluminan aspectos que siguen implícitos en esta explicación más elemental!
Son ésas, sin embargo, tareas más o menos arduas que pueden esperar.

¿Y lo del sentido la vida? -se estarán Ustedes preguntando, con educada impaciencia. También podrá esperar... :) Vamos a ver si consigo entender lo de Fourier (ando en ello y no es fácil…). Después de eso, ¡lo del sentido de la vida, se lo aseguro, debe de ser juego de niños! Pero no piensen que la idea es una boutade, por favor: el sentido de la vida guarda alguna relación con los conjugados complejos, así es sin duda, aunque me encuentro en fase todavía preliminar de una prometedora investigación. Y no diré más.

APÉNDICE: una demostración del Teorema de Pitágoras

Veo que en Wikipedia se enumeran diversas demostraciones de este viejo Teorema. No quiero dejar de exponer la mía. Seguro que ya está dicho por alguien en alguna parte, pero por si acaso.

En forma polar y exponencial, un número complejo se representa como r*e. Este r es la hipotenusa de un triángulo rectángulo que forma con las coordenadas del número (x,y). Buscamos el valor absoluto de esa hipotenusa (r). Para obtenerlo, debemos, en primer lugar, rotar el número hasta la recta real, vertiente positiva, lo que se consigue multiplicando por el conjugado:


r*e*r*e-iθ = r2*eiθ-iθ = r2*e0 = r2*1= r2

Pero si hacemos esta misma operación (multiplicar por el conjugado) por componentes, el resultado es:

(x + yi)( x - yi) = x2 + y2

Por consiguiente:

r2 = x2 + y2 à r = (x2 + y2)

viernes, 18 de enero de 2019

La Manada y el concepto de multiplicación (IV)



El final de la entrega anterior de este folletín fue (confío en que la amable lectora y el amable lector de este Blog convendrán en ello) estremecedor, electrizante. Habíamos conseguido entender qué significa multiplicar una cosa por el número e: se trataba, como siempre que se multiplica, de transformar esa cosa, por la vía de aplicarle un adjetivo (el número 2,718…), el cual a su vez sintetiza un conjunto de operaciones hechas de determinada manera, es decir, conforme a ciertos adverbios (se trata de hacer crecer algo a una tasa del 100%, o sea, multiplicarlo por 2, pero de forma continua); alcanzado este logro, ¡planteamos el reto de entender qué pueda querer decir hacer eso “a la i” (unidad del número imaginario = raíz cuadrada de -1) y “a la pi” (ya saben, 3,14159…, el nº de veces que la circunferencia contiene su propio radio), como se nos pide en la identidad de Euler que vuelvo a reproducir abajo!


Todo esto tiene, en efecto, un sabor de thriller, un aroma detectivesco. Hubo una época en la que me dio por defender, hasta la obsesión, que el cuento de Cenicienta contiene un mensaje epistemológico (véanse aquí algunos ejemplos: Cenicienta y el matrimonio homosexual, Cenicienta y el aborto, Cenicienta y Bankia, Cenicienta y los contratos blindados…). Lo hacía porque la imagen del Príncipe, con la zapatilla en ristre, indagando sobre el paradero de su amada, me recordaba la de un Sherlock Holmes, un Poirot o un Colombo desentrañando un misterio. Y a su vez estos detectives son remedos del científico que persigue una teoría. Yo mismo me divierto con estas pesquisas sobre Matemática y Derecho (la comprensión de las cosas genera dopaminas, al parecer por razones evolutivas), porque estoy en plena fase de investigación. Ciertamente, antes de empezar la serie ya tenía mucho camino andado, pero no diviso bien la cima, de forma que este proceso incluso a mí me intriga: en el trabajo que hago entre capítulos y durante la propia escritura se me juntan piezas del puzle y entiendo cosas que ante ni sospechaba, acercándome a la resolución del enigma. (De hecho, debo confesar que corrijo texto de anteriores entradas retrospectivamente.) Y, en este sentido, permítanme destacar que todo detective, por mucho que parezca que se las dé de listo, no lo es. Lo de su necedad o brillantez, es cuestión relativa, que depende del momento en que se le mire el rostro: cuando la novela concluye, si termina bien, parece que fuera algo espabilado, pero bien sabemos que noche tras noche estuvo perdido y se le ponía cara de tonto en el espejo. Lo único que le levanta desde una situación hasta la otra es un trabajo inmenso, más en mi caso porque soy tardo en la comprensión de las cosas y sólo se explica mi empecinamiento por alguna razón genética que me ata al estudio.

Así las cosas, como esto va de suspense, jugaré un poco con él. A continuación les explico el efecto de multiplicar por eiπ, pero sólo contaré la razón después de ayudarme con algunos arabescos sobre el arte de la abstracción, que es al fin y al cabo el objeto de mi interés y el tema de esta serie.

La expresión eiπ se utiliza en un contexto de rotaciones u oscilaciones. En concreto, ordena un movimiento a lo largo de la circunferencia, cuya longitud sería igual a la mitad de la misma, lo cual equivale a un giro de 180 grados, que nos sitúa en el número -1, como se puede apreciar si llevamos el 1 del lado izquierdo de la ecuación al derecho.

Lógicamente entonces ei2π sería una vuelta completa y por tanto equivalente a multiplicar por +1. Pero la ventaja de multiplicar por ei se aprecia sobre todo en los pasos intermedios. Recordemos que la longitud de la circunferencia es de 2π veces el radio. Por eso, los ángulos a menudo se miden con una unidad, el radián, que es un arco de longitud igual al radio. Así ei significa un giro de un radián, e2i uno de 2 radianes, etc. Esto es chocante, porque e, no lo olvidemos, es un número que vale 2,7128 más infinitos decimales. Cada vez que multiplicamos por él estamos más que doblando algo y, si lo hacemos de forma repetida o sucesiva (como mandan los exponentes), uno esperaría que el efecto de ese super-doblar resultara compuesto… Sin embargo, aquí sólo se consigue una suma sucesiva, que se resume en una multiplicación simple y no compuesta. Multiplicar n veces por ei equivale a añadir un radián de rotación n veces.

Para explicar por qué, conviene -como anunciaba- emprender una breve disquisición sobre la analogía, que nos servirá de trampolín.  

Una analogía es como un campo de juegos, una simulación donde se testa el fenómeno que nos interesa mediante la observación de otro que lo imita, pero resulta más accesible. Al desplegar una metáfora, el estudioso es como un niño que mira embelesado su tren de juguete, mientras éste atraviesa túneles y franquea montañas: desde la comodidad de su cuarto de juegos, está en realidad entrenándose para la vida. Ahora bien, la gracia de esto reside en los detalles: no basta detectar una similitud más o menos general entre los dos fenómenos; es preciso identificar uno por uno los componentes de ambas situaciones y cómo se entrelazan. En toda comparación, hay tres juegos de piezas: los de las situaciones enfrentadas, teñidos cada uno de ellos de sus particulares contextos, y un tercer set, que es el que abraza a ambos, gracias a una formulación más delgada, que prescinde de todos los aspectos accesorios y se queda con lo general (lo abstracto).

Un ejemplo muy ilustrativo de esto es la analogía hidráulica de un circuito eléctrico. Juntamos con un cable los dos extremos de una pila; cuando abrimos un interruptor, algo hace que un motor conectado al cable se ponga en marcha. Lamentablemente, no vemos lo que sucede dentro del cable, en el plano microscópico, pero podemos reproducirlo a nivel macroscópico en un circuito hidráulico. Mediante una bomba, subimos agua a un recipiente situado a cierta altura; abrimos un grifo del tanque y el agua baja por una tubería gracias a la gravedad; por el camino la corriente puede mover una pequeña noria. Aquí están pues los tres juegos de conceptos de los que hablaba: hay un generador (la pila – la bomba), que hace trabajo para vencer una fuerza (la atracción eléctrica entre cargas – la gravedad) y por ende acumula energía potencial, tanto mayor cuanto más numerosas son las unidades desplazadas (las cargas – las unidades de mesa) y la distancia puesta de por medio (la separación entre cargas – la altura); cuando se libera esa energía (se abre el interruptor – el grifo), las unidades desplazadas tienden a volver a su posición inicial, formando un flujo o corriente (de las cargas eléctricas – del agua), de modo que la energía potencial se va transformando en cinética, que se puede transferir a un dispositivo (al motor – a la noria). Algo semejante vimos cuando hablamos de la versión adverbial de los números. Nos quedamos observando cómo se podía sumar de forma nula, repetida, a medias, de modo fraccional… y esto era como anticipar una multiplicación hecha con arreglo a esos mismos complementos circunstanciales o adverbiales…

Pues bien, a veces sucede que un elemento de un conjunto está medio oculto, porque se encuentra implícito y lo damos tan por supuesto que no lo vemos. Esto dificulta el establecimiento de la analogía, pero cuando lo destapamos, ese elemento que jugaba al escondite es determinante: es precisamente lo que pone el foco sobre una mejor comprensión del fenómeno. El ejemplo jurídico del caso La Manada tiene algo de esto. Recordemos que la duda era si debía asimilarse el hecho enjuiciado a la agresión sexual (por existir intimidación) o al abuso (por tener la víctima su voluntad anulada, como una persona drogada, inconsciente o que padece una suerte de miedo reverencial). Hete aquí que, en un momento dado, sin haber leído bien el Código Penal, me quedé pensando como sigue: “Ah, pero todos los casos de abusos se caracterizan por algo más, que se encuentra implícito. No es sólo que la víctima esté incapacitada para expresar una voluntad contraria, además hace falta que la situación de superioridad no haya sido generada por el propio delincuente: éste se encontraría con una persona drogada o sometida a su poder y se aprovecharía, pero si hubiera introducido la droga en un vaso o hubiera ganado su poderío mediante otra maniobra, eso sería agresión”. Parecería razonable que así fuera: es igual de grave escuchar una oposición y acallarla que cortar de antemano la posibilidad de que dicha queja se manifieste, mediante un procedimiento (como pueda ser drogar o encajonar a una mujer entre la pared y cuatro hombre fornidos) que es sin duda ofensivo, agresivo y comporta un plus de reprochabilidad, de desvalor. Hete aquí, sin embargo, que el Derecho positivo español dificulta este planteamiento, porque el art. 181.2 del Código Penal reputa abusos los cometidos “anulando la voluntad de la víctima mediante el uso de fármacos, drogas o cualquier otra sustancia natural o química idónea a tal efecto”; esto es, el Código presume que los delincuentes pueden haber drogado exprofeso a una persona y, sin embargo, el hecho se continúa tipificando como abusos. Así que el argumento se vuelve contra nosotros: los defensores de la Manada bien pueden alegar que, si se prevalieron de una situación de superioridad predispuesta por ellos mismos, esto es análogo a lo que describe el tipo del art. 182.1. No tiene demasiado sentido, pero es verdad que este sinsentido está en el Código y lo ampararía el principio de legalidad. Eso sí, de lege ferenda habría que reclamar que se equiparen los castigos para las agresiones puras y tales abusos precedidos de un acto deliberado de sometimiento de la persona atacada.

Pero al menos el truco nos sirve para mejor afrontar la comprensión del número ei, pues aquí también tenemos nuestros elementos implícitos, que iluminan la comprensión. 

A uno de ellos nos referimos desde la 1ª entrega de esta serie: e es un número, es decir, un adjetivo y por ende acompaña a un sustantivo, esto es, un objeto. Ciertamente, este objeto es juguetón, está oculto. Pero para destaparlo, basta leer así la expresión: K * e, siendo este K la unidad (un solo ejemplar) de cualquier cosa concreta. En efecto, cuando multiplicábamos por e a secas estábamos estirando ese K, que entonces simbolizaba un capital de dinero. Ahora también estiramos un K, que es un radio. Así completamos el juego de tres expresiones, del que antes hablaba, y que anida en toda analogía: dos teñidas por el contexto (capital - radio) y otra general que las abraza (objeto que crece).

El 2º elemento implícito es un adverbio. ¿Cómo hacíamos crecer al capital K al multiplicarlo por e? Evidentemente, crecía en línea recta. Y dábamos por hecho que así debía ser. Pero no advertíamos que tal cosa sucedía porque seguíamos una instrucción que estaba disimulada. En realidad, la forma completa de la expresión es K * e1, lo cual revela que hasta hora hemos estirado el K, que es un número real, a lo largo de la línea de los números reales, dotándole de más de lo que ya tenía, prolongándolo  en paralelo a su longitud. Ahora bien, si en lugar de un 1 colocamos i como exponente, entonces, comoquiera que i es lo perpendicular a 1, estiraremos el objeto de marras para dotarle de aquella dirección que no tiene, lo agrandaremos perpendicularmente. Y recordemos (lo explicaba en el Apéndice de la entrega 1ª) que tirar de un palo siempre así, en ángulo recto, imprimiéndole en cada instante una nueva dirección, equivale a rotarlo. Completamos así de nuevo el consabido juego de tres expresiones: la unificadora es crecimiento "compuesto y continuo", las particulares son el crecimiento de ese mismo tipo pero "longitudinal" (e) o "perpendicular" (ei).

Estos dos descubrimientos, este bucear para descubrir la parte sumergida del iceberg, nos permite comprender por qué el efecto de ese diluye en un simple doblar la longitud del radio, sin que importe cuántas veces se repita la operación: doblamos el radio porque está ahí, porque en eso consiste cualquier multiplicación por un número, en dotarle de una cualidad, en transformarlo; sólo lo doblamos porque el esfuerzo restante del 2,718... se consume en hacerlo girar; y si la operación se repite en sucesivas ocasiones (tantas como ordene el exponente de e que acompaña a i), volveremos a doblar el radio, que seguirá ahí, ¿y no doblamos todos los radianes anteriores, todos los anteriores crecimientos rotacionales?; pues no, porque no queda gasolina para tanto, solo la hay para conseguir que el nuevo radián que se crea sea eso, un arco equivalente a un radio compuesto de infinitos cambios de dirección. 

De este modo, hemos dado respuesta a otras dos cuestiones que habíamos dejado abiertas a lo largo del camino. Habíamos visto que multiplicar un número por la unidad imaginaria i es dotarlo de la cualidad de estar rotado un cuarto de giro, pero nos preguntábamos de qué operaciones es síntesis esa transformación, esto es, cómo se i-suma, cómo se avanza ángulo a ángulo. Pues resulta que ese paso de tortuga se consigue con una operación superior, la multiplicación compuesta o exponenciación, pero “a la i”,  porque de este modo el efecto compuesto y continuo se gasta en garantizar el giro y el remanente es pura suma.

Es interesante entonces plantearse qué sucede si en lugar de multiplicar por ei se multiplica por otro número “a la i”, por ejemplo 2i. No hay que pensar que e tiene el privilegio de las rotaciones, aquí también se producirá un efecto de giro, pues lo que determina el mismo es el exponente, es decir, el adverbio que ordena cómo crecer. Lo que depende de la base (e, 2 o la que sea) es el quantum: cuánto se crece, hasta qué ángulo. Podemos adivinar que, si se multiplica por 2, ese crecimiento angular será menor que si se hubiera multiplicado por e. El problema es cuantificar la diferencia. Cuando la base es e, simplemente lo que sucede es que la cuantificación es más evidente, porque intuitiva y rápidamente asignamos el 2 a doblar el radio y el resto a obrar el giro. Cuando la base es otra, sin embargo, no hay que perder la esperanza, pues existe un truco que nos auxilia: consiste en expresar esa base en el estándar e, aunque ello nos obligue a fraccio-multiplicar por el mismo (como si se hubiera aplicado una tasa inferior al 100% o el efecto hubiera durado un tiempo inferior a la unidad). Y para adivinar en qué medida debemos fraccio-multiplicar, tenemos las tablas de logaritmos neperianos, que nos dicen precisamente a qué potencia, a qué exponente debe elevarse e para arrojar como resultado la base que nos interesa. Verbigracia, 2i se puede expresar como ei * ln(2) = ei * 0,693… Así que en vez de 1 radian, el ángulo crece aproximadamente 0,7 radianes, lo cual suena lógico.

En definitiva, lo que hemos averiguado de esta forma es que ei es el estándar, la unidad del crecimiento rotatorio, de la misma forma que e es la unidad de un crecimiento también compuesto y continuo pero longitudinal (al igual que 2 es la unidad del crecimiento compuesto pero no continuo, sino “dentado” y 1 es la unidad del crecimiento simple). Pura analogía y mutatis mutandi, a la postre. Todo muy jurídico.




viernes, 28 de diciembre de 2018

Átame




Por las tardes paseo por la arena
y, entre el número infinito de granos
que pueblan la playa, eligen mis manos
un lugar donde formar una sirena.

Y la esculpo tendida en su melena,
que riza y acaricia el sol del verano,
con unos ojos lindos, pero ancianos,
que me despiden de forma serena,

porque al anochecer la dejo sola,
y, mientras me alejo, escucho que el mar,
con su infame rumor de caracola,

lame su cara, su torso, su cola,
y los va logrando desfigurar,
hasta que la sepulta una última ola.


Hace años, estando de vacaciones en Denia, escribí este soneto, no sé bien por qué. Parece que el poema hable de la fugacidad de la existencia, pero también se podría decir que versa sobre las ataduras. La Vida (con mayúscula) nos encapsula en un período de tiempo y luego los avatares de nuestras (minúsculas) vidas nos imponen más restricciones: habitar en un espacio geográfico, con una profesión, entre determinadas personas y permanecer -como la sirena de arena- inmóviles, mientras los elementos rugen. Curiosamente, me acabo de enterar de que la palabra “sirena” podría tener relación (aunque no es seguro) con la griega “seirá”, que significa “cadena, cuerda, atadura”. La razón sería que estas peligrosas damas estaban amarradas a las rocas desde las que entonaban sus cantos irresistibles, con los que atraían a los marineros a la perdición. Ellas fueron condenadas a esperar, encadenadas, la muerte y se consolaban adelantando el fin de otros… Fuere como fuere, es verdad que la vida muchas veces nos aprisiona. Pero entonces se dice que las ligaduras son buenas (¡vivan las “caenas”!), por diversos motivos.

Por lo pronto, las restricciones fomentan la creatividad. Desde hace tiempo venía yo jugando con esta idea y, como la tenía muy presente, me he percatado cuando la he visto reflejada por otros. En este artículo, A. Muñoz Molina, al referirse a la película La isla mínima, destacaba que el film respeta todas las claves del género policíaco y sugería que, cuando el escritor se amolda a un género, renuncia a su libertad, pero también de alguna forma da alas a su creatividad, porque “las normas, al mismo tiempo que imponen límites, también ofrecen posibilidades, y la presión formal a la que someten la inspiración es un acicate y un desafío para ella”. Lo mismo pasa con el propio arte de fabricar sonetos: el corsé de la rima y la métrica ponen al autor ante una lista tasada de palabras y le obligan a combinarlas entre sí y encajarlas en un espacio reducido, como si juntara las piezas de un puzle que está diseñado de antemano. Lo cual es siempre más fácil que enfrentarse al vértigo que genera una página en blanco. En su novela Los Maia Eça de Queiroz también reconoce que “en verso la búsqueda de una rima es con frecuencia responsable de la originalidad de una imagen”. Y generaliza su tesis para afirmar que el estilo disciplina el pensamiento: “cuántas veces el esfuerzo por completar adecuadamente la cadencia de una frase no conlleva nuevas e inesperadas perspectivas de la idea…” Haciendo este pensamiento aún más delgado, más abstracto, podríamos concluir que toda técnica, sin ser todavía arte, nos enfila hacia la inspiración: es repitiendo los ejercicios (los drills) que ordena el maestro como los aprendices se suben a una onda, que a menudo les lleva a desarrollar un talento que supera al de sus profesores.

Tanto me gustaba la idea que busqué referencias a ella en internet. Lamentablemente este tipo de investigaciones, para ser productivas, deben ejecutarse en inglés. Supongo que escribí constraints y creation o algo así. Resultó que existe un libro que desarrolla este tema de modo exclusivo y directo, Creativity from Constraints: The Psychology of Breakthrough, de Patricia Stokes. Y se ha convertido en un lugar común entre los coachs de artistas o profesionales del mundo de los negocios sugerir a sus pupilos que, para encontrar soluciones en sus respectivos oficios, se autoimpongan limitaciones. (Véanse ejemplos aquí, aquí, aquí, aquí o aquí…) 

Es más, la alabanza de los barrotes tiene también predicamento en el plano de las relaciones personales. Empezando por lo menos elevado, recuerdo al protagonista de la novela Los argonautas, de Blasco Ibáñez. Sufrió lo que podríamos denominar el “efecto trasatlántico”: un largo viaje hacia América durante el cual se encontró encajonado ante una mujer romántica, de belleza marchita; en tierra no le habría prestado atención, en el mar le tocó el alma. Hoy en el mundo occidental, la libertad de elección de la pareja es un dogma sagrado. Sin embargo, un profesional indio que conocí hace años me encomiaba las virtudes de su propio modelo, donde los padres eligen por los hijos, guiados por su experiencia… y a veces el estudio del horóscopo, en el cual aquel colega era un avezado experto. Suena chocante, pero es casi más preocupante constatar que en nuestra tan cacareada freedom of choice manda en buena medida, como en todo, el mercado y los clichés que nos transmite. En cualquier caso, hecha de una u otra manera la elección, y admitiendo por supuesto que quepa romper los vínculos cuando son opresivos o simplemente no funcionan, hay que reconocer que permanecer entre las vallas del matrimonio es también una enseñanza. Pasa lo mismo con los trabajos: escapar de una relación - personal o laboral - sólo porque te pone fronteras es una fuga condenada al fracaso, pues las volveremos a encontrar allá donde pretendamos refugiarnos. Para terminar, un ejemplo extremo, ya en un plano espiritual, casi místico: el autor Eckhart Tolle gusta de tomar imágenes de unas u otras religiones, dándoles una lectura peculiar, y en este sentido menciona que la cruz cristiana es un símbolo paradójico: herramienta de tortura que se transforma en instrumento de liberación... Se me dirá que no hace falta llegar a tanto. Bien, es cierto, pero es que para eso están los símbolos, para exagerar: si acepta uno de buen grado la cruz, como Jesús o como Brian en la película de Monty Python (Crucifixion? Yes, please!), ¿cómo no aceptar límites menores? (Ojo, porque aquí “aceptación” no significa resignación ni pasividad: simplemente es constatar que lo que está sucediendo, se podrá o no cambiar, pero en todo caso está sucediendo y hay que jugar a ese juego y escuchar sus mensajes…)

¿Y todo esto por qué? ¿Por qué los límites pueden portar mensajes que nos iluminen? Ya hemos apuntado alguna razón: le liberan a uno de la presión de elegir entre infinitas posibilidades y por otro lado le plantean el reto de sacar partido a un manojo estrecho de opciones… Pero sólo con estas explicaciones me hallaba insatisfecho, hasta que encontré insinuada en este artículo otra que me convenció más, porque las agrupa y las supera, yendo más hondo. Cuando se intenta bucear en las profundidades de las cosas, no queda más remedio que mirar al cerebro. Y la clave para explicar los caprichos de éste es siempre la misma: hay que tener en cuenta que la cabeza es una ahorradora nata; intenta optimizar la energía y, por tanto, tirar de rutinas, de las cosas que hace con los ojos cerrados, sin tener que inventar y de esta forma consumir los valiosos y escasos recursos nutritivos de los que disponemos -se supone- para asegurar nuestra supervivencia. Todo esto es un absurdo, por supuesto: ¡con lo fácil que sería que el cerebro, en lugar de andarse con tantos miramientos, consumiera a mansalva la grasa abdominal! Pues no lo hace y no queda más remedio que forzarle a actuar de otro modo: hay que sacarle de su zona de confort y para ello nada mejor que encerrarle en lugares extraños, obligarle a tomar alimentos exóticos. Observen que, de esta forma, todo parece cobrar sentido, la paradoja se disuelve: no se trata de que al cerebro le inspire lo que le ocultamos al constreñirlo, lo ilumina lo que de esta manera le mostramos: modelos, asociaciones, analogías o recursos en los cuales no habría jamás reparado, si no llegamos a encarcelarlo entre ellos.

Algo así intento en este Blog, con mayor o menor acierto, cuando mezclo disciplinas. Se trata de conducir a la mente a hacer asociaciones inesperadas. No es ésta una tarea que esté bien vista, pues se dice (y es verdad) que los conceptos de una ciencia no se pueden exportar alegremente a otra, como no se puede llevar una pieza de un Audi a un Ford o, peor, de un coche a un tren, y esperar que encaje sin más en el sistema. Se pierde rigor de esta forma, se puede patinar, corre uno el riesgo de estrellarse. Pero, como estamos en un Blog de internet, pensando por amor al arte, todo esto no es grave: no pasará nada, je je.

Ahora bien, volviendo al tema inicial, ¿y la vida? ¿Por qué nos encajona en un momento temporal estrecho, a veces incluso acortando para algunos una trayectoria prometedora, a veces oprimiendo de modo insufrible a los más desafortunados? Todo eso de que el cerebro aprende cuando se le constriñe, ¿qué pinta cuando ganamos altura y adoptamos la perspectiva de la existencia entera? ¿A quién beneficia lo que aprendemos en esta universidad?

Ahí es donde interviene el científico inglés Sir Humphry Davy, al que se refiere la imagen inicial de este post, en la que aparece participando en una charla (¡al parecer las suyas despertaban mucha expectación y se producían atascos en Londres en los alrededores de la sala de conferencias, como ahora cuando pincha un DJ!). Tuve el gusto de conocerle también un verano, no sé si el mismo de la sirena, en el libro de Richard Holmes La edad de los prodigios. Davy fue un químico notable, a la par que poeta. Se dice que blandía el arma de su imaginación con la misma maestría para aislar elementos químicos que para componer versos. Y, sin embargo, mi cerebro, empeñado en optimizar mi energía, ya lo estaba arrinconando al olvido cuando, repasando notas, me topé con este “copia y pega” de una carta suya a un amigo, en la que lamentaba el fallecimiento repentino de otro:
Poor Watt! — He ought not to have died. I could not persuade myself that he would die … Why is this in the order of Nature, that there is such a difference in the duration and destruction of her works? If the mere stone decays, it is to produce a soil which is capable of nourishing the moss and lichen. When moss and lichen die and decompose, they produce a mold which becomes the bed of life to grass, and to a more exalted species of vegetable … But in man, the faculties and intellect are perfected: he rises, exists for a little while in disease and misery, and then would seem to disappear, without an end, and without producing any effect.
Ah, como buen hombre de ciencias y de letras, como amigo del saber, lo que más le dolía a Sir Humphrey es que las facultades desarrolladas por el ser humano, ese conjunto de asociaciones de ideas, esas redes neuronales que nunca son iguales, se pierdan irremisiblemente, sin que nadie las haga suyas y las incorpore a su mente. El biólogo  E.O. Wilson, en su libro La conquista social de la tierra, lamenta que una  biblioteca entera de experiencias e imaginaciones se incendia cuando muere cada ser humano. Pero Davy iba más allá: aunque quedaran de cada uno de nosotros mil obras escritas, no le bastaría eso. Él quería que todas nuestras tribulaciones aprovecharan a otro como si le pertenecieran, como si las hubiera orquestado él mismo para mejorar. En esa misma carta habla, como en broma, de la hipótesis de unos seres superiores que vivieran en un plano distinto, sin que los percibamos, pero que nos observarían, como los niños hacen hoy en el juego de Los Sims o nosotros en las series de televisión... En otra carta, cercana ya su propia muerte, sostiene que somos como agua que se escapa del mar de una inteligencia infinita (al modo del vapor que forma las nubes) y llueve sobre la tierra formando ríos o torrentes, los cuales antes o después vuelven a casa, desembocan en el océano, cargados con el caudal de sus experiencias:
I have this conviction full on my mind, that intellectual beings spring from the same breath of infinite intelligence, and return to it again, but by different courses. Like rivers born amidst the clouds of heaven, and lost in the deep and eternal ocean —some in youth, rapid and short-lived torrents; some in manhood, powerful and copious rivers; and some in age, by a winding and slow course, half lost in their career, and making their exit by many sandy and shallow mouths.  
Nunca sabremos si es así, pero es sin duda una bonita idea, una linda analogía.

Apéndice

Iré poniendo aquí otras citas o fuentes sobre la misma idea:

En ésta se dan ejemplos de la utilidad de las constricciones como acicate para inventar productos.