jueves, 9 de marzo de 2023

La guerra de las tildes: una aproximación jurídica


En los últimos días hemos vivido un renacimiento de la polémica sobre si el adverbio “sólo” debe llevar tilde, a raíz de un acuerdo adoptado por el Pleno de la RAE, de fecha 2 de marzo de 2023, cuyo texto luego (tras el revuelo generado y las dudas sobre su contenido que se suscitaban) ha aclarado una nota de 9 de marzo (que puede hallarse aquí). 

Esto es una buena ocasión para poner de manifiesto que en todas las ciencias a veces los conceptos se enredan y que la mejor forma de deshacer estas madejas es una aproximación pragmática. Se trata de hacer algo que tampoco se hace siempre en la ciencia jurídica, pero que al menos los juristas estamos mejor situados para promover: hay que buscar el espíritu de la norma, su ratio legis, lo cual suena etéreo, pero es algo muy de andar por casa; es el objetivo práctico perseguido, una forma de hacernos la vida mejor y más sencilla.

Aplicando esta regla (como digo, de sabor jurídico, aunque válida para todas las disciplinas), creo que no debería haber duda en la solución por la que he optado arriba: al “sólo” que equivale a “solamente”, al adverbio, hay que ponerle siempre tilde. Recordemos que la expresión que nos ocupa puede utilizarse como un adjetivo que significa “en soledad, sin compañía” (como en “café solo”, “me encuentro solo”) o como un adverbio que quiere decir “únicamente” (como en la frase “contesten sólo sí o no”). Pues bien, lo propio es dejarse de mandangas y ordenar que, para evitar el menor atisbo de ambigüedad, el adverbio lleve tilde y el adjetivo no, siempre y en todo caso.

La cosa no es en absoluto anecdótica, sino que tiene su importancia práctica: todos los días leemos estas palabras y el calificar si estamos ante un significado u otro le toma a uno unos instantes preciosos, que podría emplear en mejores menesteres. Piensen en esta frase: “El Gobierno se queda solo con la reforma del solo sí es sí”. El segundo uso del término es claramente adverbial, pero el primero admite los dos significados: el Gobierno ha perdido cualesquiera apoyos para aprobar en las Cortes la reforma de la Ley o el Gobierno no tiene mejor propuesta política que ofrecer, más allá de enzarzarse en sacarle punta a esta cuestión, para desdoro de sus aliados. Probablemente el contexto de la frase desvele que el significado pretendido sea el primero, pero el segundo no sería tan raro y es inevitable que la mente de una persona sensata se entretenga en considerarlo. Y hete aquí que el objetivo del lenguaje es comunicar de la forma más eficiente posible, ahorrándole al lector esos titubeos, lo que se consigue obligando al escritor a darle el problema resuelto.

Es curioso, sin embargo, que la RAE, en realidad, no ha seguido esta máxima (la de hacerle al lector la vida más fácil) en ninguna de sus sucesivas posturas. Ciertamente, las interpretaciones periodísticas tienen entendimientos más tajantes, como que antes se imponía lo que yo propongo (un uso obligatorio de la tilde para el adverbio), luego se prohibió la tilde en cualquier caso y ahora se ha regresado a la obligación. Pero la verdad más matizada, y también más triste, es que las últimas posturas académicas han sido difusas:

(i)                  se obliga a tildar el adverbio, pero sólo si es preciso para evitar ambigüedades (cfr. el Diccionario Panhispánico de Dudas, edición de 2005, apartado 3.2.3, que es el que hoy sigue mostrando la web de la Academia);

(ii)                se recomienda no tildar nunca, incluso en casos de ambigüedad (cfr. las novedades que se publican en 2010, apartado 5);

(iii)               el último acuerdo, según la explicación dada el 9 de marzo, se presenta como una mera aclaración de lo anterior (una "redacción más explícita, pero que mantiene al norma" de 2010), mas en realidad es:

            - en cierto modo, un paso atrás, en tanto y cuanto asume que, a falta de ambigüedad, era "obligatorio" escribir sin tilde el adverbio (cuando en puridad 2010 se hablaba sólo de recomendación) 

            - y, aunque se da un paso adelante, es timorato, porque consiste en que se deja de recomendar (ahora es “optativo”) tildar el susodicho vocablo en caso de riesgo de ambigüedad “a juicio del que escribe” (1)

Parece que detrás de esto hay una enconada polémica entre los académicos y la solución alcanzada es una especie de componenda, para acallar a todos, que solo ha creado más indefinición. De hecho, los partidarios de la tilde lo han interpretado como una victoria (regreso a la posición inicial), mientras que el encargado de las consultas en la Academia anda aclarando que quien quiera usar la tilde “lo tendrá que justificar” (cfr. aquí…). Con lo cual ahora, si el lector lee un titular como el propuesto antes y no sabe si adentrarse en el contenido, se preguntará si el autor es  tildista (lo que significaría que utiliza un adjetivo y se refiere a la ausencia de apoyos del Gobierno) o es antitildista (en cuyo caso sólo podrá salir de dudas leyendo el artículo) o está tan hecho un lío como él mismo…

Todo esto parece poco científico y lo es, pero paradójicamente habrá quien nos acuse de injerencia: ¿cómo alguien procedente de otra disciplina pretende inmiscuirse, con desprecio de la sagrada especialización, en una docta discusión entre lingüistas? Y es que, en efecto, los antitildistas aducen una razón muy técnica y pretendidamente científica (cfr. la decisión de 2010): lo que justificaría el uso de la tilde “diacrítica” sería oponer palabras “tónicas” (las que se pronuncian con acento “prosódico”) a las “átonas”… La jerga asusta al principio, pero si se escarba un poco en los términos indicados, no hay en ellos mayor enjundia. Lo diacrítico es simplemente (véase la etimología de la palabra) lo que sirve para “distinguir”. Y bien está que una tilde se utilice para diferenciar vocablos que, además de tener distinto significado, no se pronuncian igual en la cadena hablada (como sucede con el “sí” del “sí es sí”, que se dice con un “sí” tónico, a veces gritón, por contraposición al “si es si” que identifica el “si alguien abusare…” con el “si alguien agrediere sexualmente”, que se diría con un “si” átono, como si la equiparación fuera inevitable…). Mas no debería haber inconveniente en que se emplee el mismo recurso para distinguir entre cualesquiera palabras con diverso significado, por mucho que se pronuncien sin énfasis.

Éste es al fin y al cabo el significado de toda abstracción o generalización, que es el cometido principal de las ciencias: un día se comprende que en cierto concepto habíamos introducido una restricción que era innecesaria; al levantarla y hacer el concepto capaz de acoger mayor número de fenómenos, conseguimos aplicar a éstos, de un plumazo, toda (o buena parte de) la utilidad que estaba prevista para el contenido original.

Invito, pues, a todos a "desobedecer" (2) a la RAE y tildar siempre el adverbio “sólo”, desde luego si hay ambigüedad, pero también aunque pensemos que no la hay, para ahorrarle al lector esos milisegundos donde se lo plantea.

Esta optimización es, ciertamente, nimia, si nos ponemos a pensar en otras cosas, como la burocracia inútil a la que nos obliga la Administración pública, o la desesperación que nos causan nuestras dilectas macrocompañias privadas, cuando nos atascan al auricular escuchando una atención automatizada inservible o nos marean, con la esperanza de aburrirnos, en servicios de antiayuda. También es esto trivial si lo comparamos con el trabajo que nos dan los puritanos reguladores del mundo, que obligan a los justos a abandonar su tarea para rellenar sesudos formularios de Compliance, mientras los pecadores pecan tranquilos… Por cierto, esto no lo denuncio sólo (también lo combato) ni solo (otros también lo hacen). ¿Pero a que se habrían quedado ustedes un rato pasmados si digo, como habría hecho un antitildista, con beneplácito de la RAE, que “no lo denuncio solo ni solo”?

(1) El texto de la propuesta es literalmente este:

Para la reedición del Diccionario panhispánico de dudas se propone una redacción más explícita, pero que mantiene la norma de la Ortografía de la lengua española (2010):

a) Es obligatorio escribir sin tilde el adverbio solo en contextos donde su empleo no entrañe riesgo de ambigüedad.

b) Es optativo tildar el adverbio solo en contextos donde, a juicio del que escribe, su uso entrañe riesgo de ambigüedad.

(2) Quien quiera profundizar en el valor de las decisiones de la RAE puede leer lo que ésta indica en esta página.  donde  

PS: hoy he puesto aquí también tilde a los pronombres demostrativos, pues la reciente “aclaración” también les afecta y, aunque aquéllos se prestan menos a la confusión, he pensado que lo cómodo es tildarlos, pero alguna vez me he olvidado y me lo han advertido...; ¿debería regir aquí el mismo criterio? La vida es complicada...  

jueves, 29 de diciembre de 2022

Las ilusiones perdidas… y reencontradas


 

Hace muchos años, cuando era capaz de meterme entre pecho y espalda cualquier libro, porque tenía la pausa y la capacidad de concentración que el mundo digital nos ha robado, empecé a leer a Balzac en francés y disfruté de la novela Illusions perdues. Recientemente me dio, no sé por qué, por intentar recordar su argumento, para lo cual acudí a la página de Wikipedia (la francesa es más completa), donde aprendí que en 2021 se ha hecho en Francia una película sobre el libro, con buena acogida en el país vecino (recibió 7 Césares, entre ellos el de mejor película), aunque yo creo que aquí apenas nos hemos enterado. He visto la peli y me ha gustado: me gustan todas las de época, más las del siglo XIX y, además, esta tiene unas características, típicas de los films franceses, que puedo soportar (como la lentitud) o degustar (como un toque filosófico).

Todo esto ha sido sin duda una sincronicidad. Concepto este postulado por el psiquiatra Jung, quien afirma que llegamos a lugares y vemos cosas como por casualidad, aunque en realidad esto sucede por una ruta de causalidad más o menos misteriosa, que unos identifican como soplo del universo, otros como una ayuda divina y los más prudentes como el mero dato de que uno está atento y enfocado en un objetivo, en razón de lo cual es lógico que escuche muchas pistas que, a falta de esa atención, le pasarían desapercibidas. En cualquier caso, por el motivo que fuere, lo cierto es que este incidente me ha inspirado y explicaré en qué sentido.

Wikipedia en español hace este resumen de la novela:

Narra el esfuerzo y la miseria de un joven francés de provincia llamado Lucien de Rubempré o Lucien Chardon, que viaja a París en busca de la gloria de la literatura y de la poesía. Sus esperanzas pronto se ven frustradas al descubrir el usurero mundo editorial y las dificultades de conseguir una oportunidad. Esto, junto con su orgullo y su debilidad por el lujo y los fastos, hacen que fracase en su inocente propósito de vivir de su literatura, y le lleva a engrosar la lista de las 'Ilusiones perdidas' de tantos jóvenes poetas como él.

Y es que, en efecto, la pérdida de las ilusiones es la suma de, como ahora se dice, dos vectores: por un lado, la culpa ajena, esto es, la incomprensión de los demás (el usurero mundo editorial) y la culpa propia, es decir, nuestra propia incomprensión de la realidad (el orgullo, la debilidad y la falta de perseverancia que evidenció Lucien).

El riesgo de todo esto, que es el pan nuestro de cada día, es caer en el escepticismo: no ya no tener, sino no creer en la ilusión. Pensar que todo era, como sugiere una de las acepciones de la palabra según la RAE, un espejismo, una mentira (“concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos”). Sí, era bello mientras lo perseguíamos: proporcionaba, como dice otra acepción del diccionario, dopaminas (esa maravillosa y “viva complacencia en una persona, una cosa, una tarea”). Pero procede ser realista y abandonar tales vanas “esperanzas cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo” (tercera acepción), mas nunca llegan.

He dado en pensar, sin embargo, que en el propio defecto del concepto (hablamos de mentiras), reside su virtud (luego, por definición, son verdad).

Para desentrañar esta paradoja, podemos fijarnos en lo que son las dos grandes ilusiones de la vida: la realización profesional y el amor, pues diría que lo que quiere el ego es ser importante, ser admirado y querido, siendo la salud y el dinero instrumentos o consecuencias de lo anterior.

Sobre el amor, decía Stendhal que, a la postre, es una mentira. En un opúsculo titulado De l'amour formulaba una teoría sobre este sentimiento, el cual definía como un proceso de “cristalización”:

en las minas de sal de Salzburgo, se arroja a las profundidades abandonadas de la mina una rama de árbol despojada de sus hojas por el invierno; si se saca al cabo de dos o tres meses, está cubierta de cristales brillantes; las ramillas más diminutas, no más gruesas que la pata de un pajarillo, aparecen guarnecidas de infinitos diamantes, trémulos y deslumbradores; imposible reconocer la rama primitiva”.

De igual modo, el enamorado toma la imagen de la persona que, a partir de un momento dado, despierta su interés romántico (es común que este umbral se traspase inopinadamente, respecto de alguien a quien antes habíamos visto con indiferencia) y comienza también a cubrirla de cristales, que son las perfecciones que imaginamos en el objeto amado y los goces que presuponemos que hallaremos a su lado.

Ortega y Gasset en sus Estudios sobre el amor critica esta concepción: para él, Stendhal, habla de un amor falso, porque no conocía otra cosa, pero el amor verdadero, el que sí conocía Ortega, no es ninguna patraña, aunque, eso sí, solo esté al alcance de almas sublimes como la suya. Lo pinto esto así no como crítica a Ortega, sino precisamente como forma de demostrar que el hombre era un optimista nato, lleno del poderío y la vitalidad (en expresión que solía utilizar) “de un arcángel”. Un auténtico campeón.

[Dicho sea de paso, el librito de Ortega, que es una delicia, está lleno de declaraciones que, para el que tiene puestos los lentes para detectar este pecado, serían “políticamente incorrectas” y en su peor versión (la machista). De ahí que muchos le denosten y otros, que quieren dejar a salvo su figura, se esfuercen en justificarle aduciendo que lo que dice es fruto de su época y patatín-patatán. Para mí, en cambio, cuando no llevo puestos los lentes de ver la paja en el ojo ajeno, que no es siempre, Ortega simplemente formula ideas que son discutibles, mas lo hace con una gracia indiscutible, que está al alcance de pocos.]

Pues bien, creo que esta diversidad de opiniones (verdad o mentira) se resuelve, como decía, con una paradoja (es verdad porque es mentira) y la paradoja, a su vez, con este paradigma: lo que existe aquí es un proceso de creación o conformación de la realidad con la mente, esto es, a partir de una mentira o invención se genera una verdad. Hace poco escribía Eva Aladro en una entrada de su Blog estas palabras:

el artista no copia sencillamente aquello que existe, sino que lo que copia o reproduce son las imágenes que ha almacenado su espíritu

Y una artista intervenía con este comentario, según el cual durante el proceso de creación llega un momento en el cual:

lo que estás volcando sobre el lienzo ya no es una imagen real sino la impronta que esa imagen ha disparado en ti al observarla... . es realmente una emoción lo que el pincel y la pintura luchan por plasmar....por eso el cuadro final se halla más alejado de la realidad formal...pero refleja con más fuerza … lo que emerge en el corazón una vez que la forma se desvanece

Al leer estas palabras, no pude evitar pensar que algo semejante sucede con el amor: nos enamoramos de una idea. Esto no deja al ego en una posición muy lucida. En absoluto aconsejo confesarle al amante que su presencia ha sido el detonante que, con la inestimable ayuda de la propia habilidad narrativa, ha construido una historia que, en último término, nada tiene que ver con el propio modelo. Tampoco es agradable comprender que solo hemos sido un pretexto para un proceso que vuela por encima de nosotros, desde nuestra realidad material a la mente del observador, sin prestar a nuestra valiosa persona especial atención, tal como (según manifestó en una ocasión un comentarista de fútbol, con gráfica expresión) les sucedía a los mediocampistas de los equipos irlandeses: veían a la pelota volar desde el portero o defensa a la delantera y viceversa, sin apenas catarla.

Pero hay que aceptar esto con humildad: ser la excusa e inspiración de un proceso creativo es motivo de orgullo y eso debería bastarnos. Hace unas semanas asistía a una visita guiada a la exposición dedicada a Picasso y Channel y allí la guía, una joven muy preparada, hacía el consabido repaso de las mujeres de las que se enamoró y a las que abandonó el artista en búsqueda de nuevos pastos de inspiración: estúpidos seríamos si les pidiéramos a ellas que permanecieran venerando y alimentando al artista sin perseguir su propio camino vital y creativo, pero también tontas serían ellas si exigieran atar al creador a la pata de su cama, convirtiéndose en rémora emocional para su evolución.

Mas no todo es, en este modelo, cura de humildad y resignación. Precisamente el hecho de que estemos ante creaciones de la mente es lo que alimenta la esperanza: si nos abandona el ser querido, porque ya no nos quiere o porque lo arrebata la vida, no hemos de pensar que las circunstancias nos condenan. Puesto que todo está en la mente, todo puede renacer. Es este el momento para recoger la ilusión que se ha quedado sin objeto, ponerla en una urna y aprovechar para llenarla de atenciones, honrando lo que en su día imaginamos y alimentándolo para que tome nuevas fuerzas. Si seguimos queriendo al que se fue, porque así es. Si no es así, porque queremos a la imagen con la que durante un tiempo lo adornamos. Pero a esa dulce niña, la ilusión, no debe nunca faltarle el aliento, porque no es una víctima de las circunstancias, sino antes bien un hada que las moldea con su varita.

En punto a los éxitos profesionales, pasa algo parecido. Como en el cortejo, con los logros hay que sufrir un tira y afloja que no deja de tener su encanto. El ver reflejadas las ideas en una obra y el que esta tenga el curso debido es una tarea que requiere virilidad o feminidad, según el caso (“virinidad” o “femilidad”, puestos a equiparar a los géneros, ¡como mandan los cánones!). De nuevo, quienquiera que sea quien maneja los hilos (universo, Dios o el azar) va a estar testándonos continuamente y tocándonos precisamente lo que hay que tener para superar la prueba. En este juego, los tiempos son siempre imprevisibles y aun diría que, cuanto mayor es nuestro deseo y nuestra impaciencia, más son los “pushbacks” que nos depara la realidad. Sin embargo, nuestra fe ha de ser inquebrantable, pues el paradigma es claro: si hay algo que hemos concebido como bello y verdadero, ya existe y en su momento verá la luz.

domingo, 20 de marzo de 2022

Las verdades oficiales (II) - La Guerra Civil española

 


Decía en otro post que hablaría sobre o, más bien, contra las verdades oficiales relativas la Guerra Civil española. 

Al calor de las normas sobre la Memoria Histórica, se libra ahora una batalla mediática sobre si esa Guerra fue una de estas dos cosas: un alzamiento fascista (o nazi, da lo mismo) contra un régimen democrático (no exactamente igual que el de la España actual, pero bueno, sí, un régimen democrático que podría haber enlazado, al cabo de los años, con el actual) o una imprescindible reacción frente a un golpe de estado interno dado por el Frente Popular en el seno de la propia República y que conducía a España a marchas forzadas hacia el estalinismo. 

¿Y habría que elegir? ¿Si no es una de estas dos, deberían los historiadores devanarse los sesos y quizá matarse entre ellos para parir otra verdad monolítica…? Depende de lo que uno quiera, claro. Vengo sosteniendo desde hace tiempo que los conceptos son algo que uno inventa para resolver un determinado problema de cierta manera. También aquí el hacer valer una verdad, sacrosanta e irrefutable, sobre hechos tan complejos, simplificándolos en un sentido u otro, puede brindar al que lo promueve algún rédito actual, sobre todo si se dedica a la política. Y comprendo que ese ejercicio no es siempre y en todo caso perverso, porque al fin y al cabo definir oficialmente el régimen nazi o el estalinista no es algo que sea tan difícil y sirve al sano propósito de alertar contra aquellos regímenes pavorosos, para que no vuelvan nunca. Pero no, la Guerra Civil española es otra cosa. Aquí un sano relativismo, el reconocimiento de que toda verdad es una verdad a medias, es necesario. La única definición exacta que se me ocurre sobre este episodio es que fue un horror, el horror más horrible, que es el de matarse entre hermanos y vecinos: eso de que de la noche a la mañana salte todo por los aires y corran los unos a buscar a los otros, a esos con los que se había uno cruzado y con los que había hablado e igual hasta comido y reído, para pegarles un tiro… Esto sí que es una verdad que merece ser oficial, aunque solo sea precisamente por razones de lo más interesado: porque es la forma de alentar esa concordia que, no sé por qué, en España tenemos tanta tendencia a perder.

Así que mi propuesta sería que, en efecto, se hable y mucho de la Guerra Civil, pero solo para que cada uno cuente lo que sepa, los retazos que le han llegado de aquellos años, sin necesidad de integrarlos en ningún sistema explicativo, para que así la verdad (que no puede ser otra que la que he mencionado) salte a la vista, como consecuencia natural de ver esas caras y escuchar esas pequeñas historias. Con alegría he descubierto que Pérez-Reverte ha promovido algo así y ha abierto un álbum de fotos con las que la gente le manda, de sus abuelos normalmente, junto con breves comentarios. “Línea de fuego”, lo ha bautizado y está aquí

Yo no tengo una foto antigua que mandarle (salvo la de la portada, que hallé en Internet y que es de Luis Delage, del que hablo luego), pero sí haré memoria de cosas que me han contado.

A diferencia de la mayoría de los mencionados en las fotografías que recopila Reverte, a mi padre sí le gustaba mucho hablar de la Guerra y no perdía ocasión. Y a diferencia de muchos de ellos, su tránsito por ese suceso histórico no fue nada heroico, si bien eso a él no le avergonzaba en absoluto y, antes bien, hacía alarde de cómo ejerció, con notable donosura, el arte de sobrevivir, a lo soldado Josef Švejk… Contaré también algo de cómo vivió mi madre la Guerra (aunque contó menos) y tirando de su conexión, hablaré del hombre del que se enamoró su hermana, que fue un cargo importante del Partido Comunista de España, una persona excelente y al que tuve ocasión de conocer. Y mencionaré asimismo lo que mi suegro le ha comentado a mi mujer, cuando se le ha venido a la mente, en paseos que dan por los alrededores de su Residencia geriátrica.

Nacido en 1907, a mi padre, José María Serra Grau, la Guerra Civil le cogió en su Valencia natal (zona republicana) con 28 años, en edad de luchar. 


Él era partidario de la República, pero -como digo- no de morir y como él debían de pensar sus amigos, porque, en cuanto se supo que se había desencadenado la contienda, a todos se les ocurrió presentarse a los exámenes de conducir, en la idea de que el que transportaba a las tropas de aquí para allá no estaría tan obligado a pelear en el frente. Se organizó una especie de examen de campaña y tengo en la mente impresa la visión del panel de examinadores sentados tras una mesa, que me imagino cubierta de un gran mantel oscuro. Fue un error, sin embargo, colocar al jurado al pie de una cuesta, porque el primer examinando, en prueba de que solo optó por este oficio por razones de supervivencia, pronto perdió el control del vehículo y cayó embalado hacia los jueces, que saltaron de sus sillas mientras pronunciaban improperios y amenazas y salvaron la vida, en ese estadio tan prematuro del enfrentamiento civil, por un pelo. Creo recordar que mi padre optó, vista la experiencia de su compañero, al que casi fusilan, por ni presentarse al examen. 

Pero tenía un amigo socialista. Recuerdo que él siempre se refirió a los enchufes con muchas entradas como un “socialista”, porque en aquella lejana época de la República parece que acaecía, en efecto, que los afiliados al Partido Socialista Obrero Español eran amigos de ayudarse mutuamente, dándose cualquier puesto o bicoca, de ser esto posible. Mi padre trabajaba en Banca y tenía carné de UGT, así que a lo mejor influyó eso. El caso es que en el Ejército consiguió un puesto en Intendencia, en la retaguardia. 

Por cierto, solía reconocer mi padre que, cuando ganó Franco, tiró su carné de UGT por el retrete. A mí me llamaba la atención lo inexorable que sonaba esta decisión, no tanto por el hecho de desprenderse de la prueba de una filiación que era muy peligrosa, lo cual en verdad parecía una decisión obligada, como por el método elegido, que me sonaba tan poco respetuoso con la noble función sindical. “¿Pero por el retrete…?”, yo le preguntaba. Mas él se mostraba siempre categórico, como si no cupiera otra opción: “¡por el retrete!” 

En fin, volviendo al período bélico, ya digo que mi progenitor estaba sirviendo en el ejército en tareas de organización del avituallamiento de las tropas, mas -hombre honrado- no se beneficiaba él mismo de los víveres que gestionaba su departamento, por lo que pasaba hambre. Aquí es donde afortunadamente intervenía Paricio. Paricio era un botones del Banco de Valencia. En aquella época, no gozaban las organizaciones de esa mentalidad que hoy está tan extendida y que tanto ayuda a nuestro progreso y que consiste en tener en nómina a muchas personas inteligentes y, con razón, generosamente retribuidas, cuya función consiste solo en detectar y promover que se prescinda de los escasos trabajadores que realizan tareas auxiliares, por bajo que sea su coste. Así que existía Paricio, el botones, que era un chico muy listo que se ocupaba de llevar legajos de un lado a otro. A veces, sin embargo, remoloneaba o se dejaba sin hacer algún mandado. Y mi padre, entre las carcajadas de los bancarios que con él compartían lo que hoy llamaríamos una pradera, le espetaba alguna broma como ésta, con el tono enérgico que le caracterizaba: “Paricio, dime la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad” (en realidad, la “verdat”, pronunciaba mi padre), ”¿has entregado el expediente Tal al Sr. Tal?” Paricio no se lo tomaba a mal y demostró su afecto por mi padre ayudándole en aquellos momentos difíciles, porque su propio padre era Guardia Civil, estaba en zona nacional y, no se sabe cómo, hacía llegar a su retoño comida abundante, que el buen muchacho compartía con su compañero de oficina. 

Por lo demás, a lo largo de toda la Guerra mi padre solo tuvo que afrontar un episodio de peligro, pero uno que le causó una honda impresión: en una ocasión el teniente, no sé si, por conocer su talante y a modo de chanza, le ordenó que cogiera una granada y se la llevara al capitán. Mi padre, lógicamente, empeñado como estaba en garantizar su propia seguridad, se negó de forma terminante. Y no valieron ni los ruegos ni tampoco las amenazas de organizarle un Consejo de Guerra para que cambiara su determinación. 

Y así, entre una cosa y otra, fue acercándose el final de la Guerra. Ah, bueno, muy al final sucedió que una comisión de anarquistas fue a buscar a mi padre y a su hermano, supongo que sería en su pueblo (Alboraya). Por fortuna no les encontraron, ya que al parecer el motivo era resultar notorio que los dos hermanos iban a misa los domingos, cosa que probablemente les querían echar en cara de alguna forma, acompañándoles durante lo que entonces se llamaba un “paseíllo”. El caso es que se acabó la contienda y se ordenó que quienes habían servido en el bando republicano se presentaran en la plaza de toros de Valencia, para ser sometidos a depuración. Entonces, decía mi padre, todos los “facistas”… Interrumpo la frase para un nuevo inciso: él era un hombre sin estudios superiores, aunque instruido y, sin embargo, utilizaba este término en lugar del ortodoxo de “fascistas”, no sé por qué, si bien esto tenía al fin y al cabo un sentido, porque marcaba mucho la “f” y ponía el acento sobre la sílaba “fa”, con lo cual la sola pronunciación de la palabra ya lo decía todo sobre su opinión respecto de esta ideología. El caso es que los “facistas”, para demostrar que estaban en el ejército rojo solo por casualidad y mostrar su adhesión al general Franco, se apresuraron a presentarse en el lugar ordenado. Mi padre no lo hizo y se congratulaba de su decisión, porque los que sí acudieron pasaron muchas noches al raso, padeciendo hambre, frío y la codicia de los Regulares: de cuando en cuando un soldado de este aguerrido cuerpo norteafricano se acercaba al prisionero, le examinaba la boca (“a ver qué tienes ahí”) y si le encontraba un diente de oro, le aliviaba de esa carga con el puñal. Pese a su clarividente decisión de evitarse este trance, mi padre, empero, no consiguió eludir la depuración: en represalia por sus impagables servicios como soldado republicano, perdió su puesto de trabajo en el Banco de Valencia, quedando sin medio de vida. Esta desgracia, no obstante, fue efímera, porque tenía un tío cura que dio de él las mejores referencias y fue enseguida reintegrado en su empleo. 

Luego empezó la Segunda Guerra Mundial y los empleados del Banco seguían con alborozo los avances de Hitler, porque eran germanófilos, salvo mi padre, del que hacían burla, por ser anglófilo. Hasta que cambiaron las tornas en esa Guerra y era entonces él quien sacaba pecho con la victoria aliada.

Mi madre, Francisca Callejo, nació en 1923. No conoció a su padre. De su madre tiene solo este recuerdo: ella estaba en una suerte de orfanato, regentado por monjas, y un día, siendo pequeña, las religiosas la sacaron para ir a ver a su mamá. Esta se encontraba en un hospicio, sito en Carabanchel. Bastantes décadas después sus primas compraron un piso que daba al jardín de ese hospicio y, por eso, a mi madre siempre le daba pena cuando iba a verlas, pues en verdad aquella visita al lugar fue triste: su mamá estaba envejecida prematuramente, tenía como el baile de San Vito y solo decía, “ay, mi niña, mi pequeña”. Tras esa corta entrevista, se la llevaron y ya no volvió a verla. 



Era pues mi madre la menor de dos hermanas. Si cuando estalló la Guerra, Francisca tenía 13 años recién cumplidos, su hermana Angela (Angelita la llamábamos, porque mi madre era apasionada de los diminutivos) tendría unos 17 o 18 y se hizo novia de un caballero, que desde luego lo era, de nombre Luis Delage. Este había nacido en el mismo año que mi padre (1907) y también trabajó en Banca, pero sus trayectorias vitales fueron harto diferentes. Delage era miembro del Partido Comunista de España y llegó a ser comisario político del Ejército del Ebro. Al acabar la Guerra, lógicamente se exilia, se lleva a su novia Angela (mi madre se sintió algo abandonada al perderla), pasa por Francia, Nueva York (donde no le miraban muy bien) y pronto va a Cuba, donde deja a Angelita con un hijo, llamado Luis, como él. Él se fue, decía, a seguir haciendo la Revolución. Angela se quedó en Cuba sacando adelante a su hijo (lo hizo muy bien) y cuando triunfó Castro, se sintieron muy a gusto en el régimen comunista, del que eran adeptos. Lo que cuento a continuación lo sé porque, siendo yo adolescente, ya habiendo democracia en España, Delage vino a España (donde cobraba una pensión como militar republicano), vino también mi primo Luis algunas veces, viajó Angela y disfrutamos de muchas veladas con unos y otros, donde se hablaba de la Guerra Civil y yo escuchaba muy atento.

Delage es de esas personas que han dejado un nombre, pues tiene esta página en Wikipedia. Ahí se habla bien de él y yo también lo hago, sin reparos. Cuando le conocí, vestía con abrigo largo, gorra y pañuelo al cuello, como típico chulapo. Resultaba ameno y salado, pues empleaba expresiones antiguas y tenía un fino humor (un día había quedado con su hijo por la noche y  no llegaba y nos contaba que pensaba “ay, a ver si se me ha despistado por ahí y se ha metido en un Dáncin…”).

Él aportaba una visión más idealista y comprometida de la Guerra. Como contraste con el episodio de la granada que le pidieron a mi padre que transportara, él relataba esta otra anécdota: hubo un soldado al que le entregaban una medalla por un acto heroico; estando ante él la plana mayor del Ejército del Ebro, le pidieron que narrara cómo tomó él solo una posición enemiga; el soldado estaba explicando que, en el momento crítico, se echó una mano al pecho, agarró una granada, le quitó la espita y..., cuando de pronto él y sus oyentes se quedaron con los ojos como platos, porque -en la excitación del relato- había representado la escena de forma tan fidedigna que tenía literalmente una granada en la mano, sin la espita, a punto de estallar; como era en efecto un valiente y persona muy entregada a la causa republicana, comprendió que podía cargarse a la cabeza de su ejército, así que se tiró al suelo con la granada bajo la barriga, para amortiguar la onda expansiva; creo que no murió, aunque quedo muy malherido, y se salvaron los jerarcas…

Otra escena que tengo grabada en la cabeza es cuando Delage pasó a Francia, desde la Cataluña ocupada por los nacionales. Por cierto, allí se habían llevado a mi madre, cuando empezó la Guerra. Estaban las niñas en un colegio, pasaban hambre y era común hacer escapadas a robar de los campos alguna pieza de fruta, con el riesgo de ser sorprendidas por el payés, que no dejaba la ofensa sin represalia y las perseguía con la escopeta en la mano, siendo mi madre de las más audaces en las incursiones, por ser también la de piernas más ligeras en la huida, cosa que llevaba muy a gala. Creo que Luis fue a verla al colegio: debió de hacerle mucha ilusión que la visitara un gallardo soldado, novio de su hermana, y (seguro) le proporcionara algunos víveres. El caso, es que, perdida Cataluña para la República, Luis (dice Wikipedia) huyó a Francia y puedo dar fe de que atravesó los Pirineos a pie y allá en la soledad de las montañas se toparon de pronto con un pastor y sus ovejas. Los viajeros se cubrían con dos buenos gabanes y bajo los mismos asomaban sendos subfusiles, que estaban prestos a utilizar. El buen hombre les miró y se limitó a constatar: “van ustedes bien armados”, como corroborando que él era neutral, que se limitaba a eso, a observar al que por allí pasaba y notar su condición. “Así es”, confirmaron ellos, le dieron los buenos días al pastor y continuaron camino.

Durante el franquismo, Delage estuvo de incógnito en España, con actividades revolucionarias y comprendo que pasara desapercibido, pues daba el pego como “persona de bien”. Una prueba: vivió alquilado en la casa de un Comisario de Policía. Otra: en una ocasión venía a España una amiga mía noruega y le pedí que me recomendara una pensión; lo hizo y el dueño me recibió muy risueño y me preguntó por Luis; como yo le dijera que andaba muy liado, pero contento, con el Congreso del Partido, se me quedó mirando sin comprender; algo barrunté, porque la pensión estaba plagada de crucifijos; luego me explicó Luis que es que este posadero no conocía su verdadera identidad… Pensé: esto es enriquecedor, no ser víctima de una sola identidad política y disfrutar de varias, quién sabe si encontrándole algún atractivo a cada una de ellas. Ciertamente, él no era unidimensional: mi hermana y yo supimos por vez primera lo que era el placer, que luego en mí se ha hecho compulsivo, de comer gambas con cerveza, invitados por él en la Cruz Blanca de la Plaza de Alonso Martínez; y solía decir que en Bulgaria (donde también desvela Wikipedia que estuvo) le criticaban los compañeros de partido, porque él era muy activo y tenía varios empleos (en la radio, esto, lo otro..), por lo que ganaba más dinero que los demás, lo cual él no juzgaba incompatible con ser comunista.

Nuevo giro de volante, para volver del lado de los prudentes. Mi suegro, Teófilo Martínez, nacido en 1928. Vivía en una aldea de León, pueblo de mineros, aunque a él, como era aplicado, lo apartó el cura para que fuera al Seminario, gracias a lo cual tuvo estudios, aunque en cuanto pudo manifestó su preferencia por la vida de seglar, ya que le interesaba el sexo femenino, para formar familia.  Como mi padre, sin embargo, se casó tarde y sabemos poco de su vida anterior a las nupcias, salvo que mi suegra hacía bromas sobre una gallega que se presentó un día en su casa, ya casado, como a buscarle, con pretensiones de tener jurisdicción sobre él, y tuvo que rechazarla ella, porque él no sacaba la cabeza de su escondite. Esto eran por supuesto bromas de mi suegra, que era muy amiga de las parodias. Pero volvamos a la Guerra Civil. Cuando empieza, él solo tiene 8 añitos. Salvo por los reclutas que se llevaban a la fuerza y de los cuales regresaban solo parte, en estos sitios apartados no padecieron mucho la conflagración. A veces por el cielo pasaban los aviones nacionales camino de Asturias, a bombardearla y si a mi suegro le pillaba en el campo, cuidando de las cabras, se asustaba mucho y corría a esconderse bajo los helechos. Cuenta que al terminar la Guerra el cura del pueblo no quiso represalias en su parroquia. “Aquí todos somos de Dios”, decía, a lo cual se oponía vehementemente uno que había comunista, proclamando que él no era de Dios sino ateo y rojo, pero no le hacían caso…



domingo, 19 de diciembre de 2021

Pactos parasociales y teoría de grupos


La cuestión jurídica

Gracias a un background de muchos años negociando y redactando acuerdos de socios (lo que en Derecho se llama, por cierto no muy adecuadamente, "pactos parasociales") y tras un año escribiendo un artículo sobre cómo veo la cuestión de sus condiciones de validez y eficacia, consigo el Premio del CEF por este trabajo, modalidad Civil y Mercantil. Aprovecho para dar las gracias a la institución que lo organiza y a los miembros del jurado, que fueron muy amables conmigo. El trabajo se denomina “Validez y eficacia de los pactos parasociales: un enfoque sistemático” y ahí hay un link a su contenido. Para mi Blog jurídico he hecho un resumen del artículo, con estilo más desenfadado y añadiendo alguna cosa, al que también remito, si bien lo propio, claro, es leerse el completo, que (creo) es ameno. 

Aquí lo que haré es explicar lo que no se puede mentar en el propio artículo de la especialidad jurídica, porque extrañaría y distraería al lector. Se trata de las estructuras mentales y reglas de conocimiento que están detrás, es decir, los trabajos de zapa e ingeniería neuronal que se tienen que hacer previamente para que luego el agua discurra con grandeza por tales acueductos, como en una obra romana. La verdad es que, sin falsa modestia, eso lo hago muy bien y si hiciera la mitad de lo mismo con las vías que rigen el control emocional y las reglas de interacción humana, sería maravilloso para mí y para los que me rodean. Lamentablemente, esto último dista de ser así aún, pero tengamos fe, que todo se andará y ¡dicen que viviremos muchos de nosotros hasta más de los 100 años y en condiciones de calidad de vida!

Como rezuma en este Blog, el tema que siempre me guía cuando escribo es el de la analogía y la intención de aquilatar su modo de funcionamiento. La idea me seduce porque es una forma de matar dos pájaros de un tiro, ahorrando energía: un niño está en su habitación jugando con un tren eléctrico y resulta que está aprendiendo sin querer una profesión; observas un circuito hidráulico y estás viendo lo invisible, esto es, cómo funciona en cada uno de sus elementos un circuito eléctrico; aprendes Derecho Civil (contractual y patrimonial) y tienes ya mucho aprobado de la asignatura de Derecho societario. 

Precisamente el artículo va de esto, de resolver unas cuestiones polémicas sobre cuándo, por qué y cómo es válido un acuerdo de socios, pero siendo vago y leyendo la solución en el Derecho Civil (eso es el enfoque "sistemático"). 

Pues bien, hete aquí que mi vecino en Denia y en Madrid, Vicente, que es matemático y ya me ha dado recomendaciones que he aprovechado mucho, me encomendó estudiar la "teoría de grupos". Después de escribir el artículo, lo he hecho por fin y ha sido un placer descubrir que esta teoría viste muy bien el ejercicio de la analogía: le enriquece a uno con una panoplia de recursos y herramientas para c explicar las operaciones analógicas que, por ejemplo, efectuaba yo en el artículo. Precisamente lo que intentaré ahora es ilustrar algunas de esas operaciones con el utillaje matemático que proporciona aquella teoría, sobre la que he estado leyendo este último mes.

Las estructuras algebraicas 

Como decía, el artículo va de comparar las estructuras del Derecho societario con las del Derecho Civil. Importo este término (“estructuras”) de la nomenclatura de una disciplina matemática, el álgebra abstracta, que se ocupa cabalmente de esto: de las llamadas estructuras algebraicas, que son conjuntos dotados de una conexión entre sus elementos, como los grupos, anillos, campos… 

Por lo que he podido averiguar, el estudio de estas estructuras tiene como objetivo adivinar lo que no se ve, en dos sentidos. 

Primero, si uno conoce la estructura de un grupo está en disposición de predecir lo que cambia en él (nuevos elementos) e incluso lo que no cambia (el objeto invariante). Por ejemplo, si vemos una figura con tres lados y resulta que no muda su aspecto, aunque la rotemos 120 grados o la volteemos de izquierda a derecha, podemos inferir: “ah, esto es porque estamos ante un triángulo equilátero (que es lo invariante) y las posiciones que puede adoptar sin variar su look no son solo esas 2, sino 6 (3 rotaciones y 3 reflexiones)”:


Segundo, cuando se descubre que dos grupos tienen una misma estructura, resulta que todo lo que se sabe sobre el primero vale para el segundo, por mucho que difieran en aspectos que no se ven afectados por tal estructura. Por ejemplo, si luego te piden todas las permutaciones de los números 1, 2 y 3 resulta que son estas mismas 6 y además las combinaciones entre cada una de ellas arrojan una tabla idéntica a las composiciones entre las posiciones del triángulo:


Nada de esto nos es extraño a los juristas versados en el uso de la analogía. E incluso tenemos algo que enseñar a los matemáticos, que es la introducción del enfoque práctico en la propia definición de estas ideas, cosa que es tabú para ellos, pues tienen a gala hablar siempre “abstracción hecha” de la utilidad del concepto. Así, para nosotros lo invariante entre dos estructuras o entre los elementos de una sola es la ratio legis de la normativa aplicable, que no es otra que su objetivo práctico. También sabemos (o deberíamos saber) que la comparación entre dos términos, a efectos del principio de igualdad o del empleo de la analogía, debe hacerse atendiendo a sus “cualidades relevantes”, que no son otras que las que importan para resolver el problema práctico que uno se trae entre manos.

Sin embargo, también hay que reconocer que el nivel de precisión del lenguaje matemático y la riqueza de sus recursos conceptuales es envidiable. Veamos algunos de ellos.

Uno es la idea de comparar, no una cosa con otra, sino estructuras completas, es decir, conjuntos de elementos unidos por unas leyes internas. 

Otra muleta útil es que la comparación entre estructuras se hace mediante una “función”. Quiere esto decir que hay una regla que actúa como un diccionario que toma una palabra de un grupo y nos da su traducción en el otro (los matemáticos hablan de “mapear” los elementos, como si hubiera un mapa que facilita hallar esos tesoros que son los equivalentes). Sin embargo, este diccionario no será tan útil si los conceptos que están detrás de las palabras no son los mismos, como sucede a veces debido a las diferencias culturales. Yo puedo traducir “save”, “money” and “richer” al español, pero si en mi país la inflación y los impuestos al ahorro son altos, desafortunadamente la combinación de los dos primeros no dará como resultado ser “más rico”, sino “más pobre”. Algebraicamente esto se expresa diciendo que, si los  referentes de a,  b y c son a’b y  c’, debería suceder (cuando la suma es la ley interna que se tiene en cuenta a efectos de la comparación) que si a + b es c, entonces a’ + b’ será c’. Cuando esto ocurre, se afirma que los grupos tienen estructuras (o “morfismos”) iguales y son, por ende, “homomorfos”. En este caso, la función viene a jugar el papel de nuestro mutatis mutandis: actúa como una lente o prisma que revela los cambios que hay que efectuar para mirar a todo elemento x y ver f(x) = x’.

Ahora bien, hay un grado de semejanza mayor, que es el “isomorfismo”. Si el homomorfismo preserva la “estructura” de los grupos, el isomorfismo preserva también su “cardinalidad” (el número de elementos equivalentes): se afirma entonces que la función o mapeo entre dos estructuras es “biyectiva”, porque hay una “correspondencia uno a uno” entre los elementos de ambas. En román paladino esto significa que no hay elementos de un lado que tengan una equivalencia doble en el otro o elementos huérfanos de correspondencia. No es imprescindible que la analogía llegue a este nivel, para ser útil, pero es lo esperable cuando hablamos de grupos que son verdaderamente cercanos.

Y, por fin, está la idea de que hay grupos que son “ricos” en estructuras, porque tienen varias o muchas. Sucede así que a veces un grupo es homomorfo con otro en cuanto a una estructura (“a esos efectos”), pero isomorfo o, todo lo contrario, distinto, en cuanto a otra.

Aplicación de la teoría de grupos al problema jurídico

Hagamos ahora la aplicación de estos recursos a los problemas jurídicos que trato en el artículo.

Primer problema: Las leyes societarias están llenas de normas imperativas (por ejemplo, no se pueden establecer prohibiciones de transferencia de las participaciones de una SRL más allá de los 5 años). Se dice, sin embargo, que esos límites juegan solo para los estatutos sociales, que afectan a todo el que entra en el capital, no a los pactos parasociales, que solo vinculan al que los firma. Los únicos límites que deben respetar estos últimos pactos son normas muy fundamentales, como las que prohíben los pactos inicuos o leoninos.

Esto es verdad, pero le deja a uno un regusto de insatisfacción, como si en efecto le faltara una pieza en el puzle, como si se quedara huérfano de un equivalente entre el grupo de los pactos parasociales y el de cualquier otro contrato… Afortunadamente, si uno no desfallece y rebusca, al final encuentra este eslabón perdido. Como a menudo sucede, el problema era que este elemento, en lo que podríamos llamar el grupo simple o de partida, es tan elemental, que se encuentra semioculto: las normas imperativas de cada tipo contractual no se limitan, por ejemplo, a reiterar el principio general del art. 1256 CC y, por ejemplo, establecer que serán nulas las cláusulas de un contrato de arrendamiento que “dejan el cumplimiento del contrato al arbitrio del arrendador”; lo que hacen, en su caso, es prohibir aquellas estipulaciones que, atendido el objeto y la particular arquitectura del contrato, producen ese efecto. La peculiaridad del pacto parasocial es que la casa en la que genera sus efectos, la arquitectura sobre la que opera, está en otro contrato, el contrato social. Pero eso no impide que este andamiaje sea precisamente el que haya que observar, para determinar si se tambalea y derrumba a virtud del pacto parasocial, aplastando al socio que lo firma. Al comprender esto, se completa la correspondencia one-to-one entre el ámbito de los contratos comunes y los sociales: los pactos parasociales nulos, por vulnerar derechos de las partes, siguen siendo solo los "opresivos o inicuos", pero -para hacer el juicio médico sobre qué simplemente "quita aire" (cosa que uno puede pactar válidamente, si es mayor de edad y está en su sano juicio) y qué "asfixia"- hay que examinar cómo aterriza el pacto en la estructura societaria.

En este post trataba este tema de los elementos que parecen huérfanos, a la hora de explicar cómo se calcula el valor absoluto de un número. No recomiendo su lectura completa (yo mismo me pierdo a partir de la mitad…), pero sí mantengo la idea básica, que aquí viene al pelo. En ese ejemplo sabemos de mano la solución: para calcular el valor absoluto de un número complejo, no hay que multiplicarlo por sí mismo y luego sacar la raíz, como se hace con los reales, sino multiplicarlo por su conjugado complejo (que es el mismo número, pero con la fase inversa). Pero… ¿por qué demonios?, se queda uno pensando. ¿Cuál es el equivalente de esta solución compleja en el plano simple? La referencia existe, pero está también implícita. Como sucede con cualquier generalización, lo que se hace en el plano complejo, se hace también en el sencillo, pero sin darse uno cuenta. Un número complejo es uno que puede apuntar en cualquier dirección y la forma de averiguar su valor absoluto es quitarle eso, la dirección (o fase) y quedarse con el número desnudo. La multiplicación por el conjugado lo logra, como se aprecia si se presenta dicha operación en la forma exponencial, donde la magnitud del nº está en el coeficiente (r) y su fase en el exponente del nº e (r*e*r*e-iθ = r2*eiθ-iθ = r2*e0 = r2*1= r2 ). Con la versión sencilla, la de los números reales, también se hace eso mismo, solo pasa que aquí la única fase posible es 0 (números positivos) o 180 grados (números negativos), así que la cuestión se resuelve simplemente quitando el signo. En ambos casos, para quitar la fase, se ha pasado uno de frenada, porque ha sacado el cuadrado de la magnitud, así que hay que deshacer ese exceso extrayendo la raíz cuadrada.


Segundo problema: Los pactos parasociales son también nulos cuando de facto privan a los demás socios (no firmantes) de sus derechos. Por ejemplo, un pacto por el que se acuerda aprobar en el Consejo que se va a ir de la mano con el mayoritario en la venta de los productos sociales puede ser muy dañino para la sociedad (y conculcar esos derechos)... o no, todo depende de sus términos. Para algunos, cualesquiera instrucciones a los administradores son por naturaleza ilegales. Yo digo que solo lo son si esas instrucciones violan el interés social, teniendo en cuenta que éste es un concepto difuso y hay una zona de penumbra donde caben diversas interpretaciones del mismo. 

Aquí nos ayuda la idea de biyección. Comparamos en este momento las estructuras de lo societario y lo civil en cuanto al efecto erga omnes (la oponibilidad a todos de la propiedad). En el plano sencillo, que es el civil, el aspecto subjetivo está nítidamente diferenciado (yo soy el dueño y otro el que traspasa mi propiedad), mientras que en el societario el socio es a la vez dueño y agresor potencial, cuando desvía los bienes sociales a su beneficio. De igual modo, en el plano objetivo, como propietario civil puedo cocinar lo que me dé la gana dentro de mi casa, en tanto no lleguen los efluvios a tercero, perturbándole en su propio disfrute, mientras que en el ámbito societario la gestión de la cosa debe regirse por criterios objetivos (el “interés social”). La función o criterio de mapeo entre uno y otro ámbito debe, por tanto, acomodar la idea de que el daño puede venir de un socio, en vez de un extraño; debe asimismo reflejar que "roba" quien simplemente distrae los bienes para un uso o interés privado y no común; pero también debe acomodar el dato de existe aquella zona de penumbra en la definición del interés social, cuya apreciación es subjetiva y, por ende, puede y debe ser atribuida al propietario (no a todos, que sería imposible, sino a los que son mayoría y tienen de este modo la legitimidad necesaria). La tesis que critico entrega el poder de decisión dentro de este espacio al técnico que actúa como administrador. Esto supone, ciertamente, que los dos grupos (civil y societario) dejan de ser isomorfos, pues se pierde la “correspondencia uno a uno”: si yo como dueño civil campaba a mis anchas por mi propiedad, espero hacer lo propio en el más angosto espacio al que me acota el entorno societario, que es el de la meritada zona de penumbra y no encontrarme allí a un “santón” que me da la lata apelando a su sagrado juicio o, lo que es peor, un socio que me lo aterroriza con la exigencia de que no me haga caso, pero solo porque quiere él mismo arrimar el ascua a su propia sardina…

Tercer problema: dado un pacto "ominilateral" (suscrito por todos los socios), ¿qué pasa si un acuerdo social lo infringe? ¿Puede este acuerdo ser impugnado y anulado, conforme a las reglas de la Ley de Sociedades de Capital y con efectos, claro está, sobre la sociedad? ¿O, si es una infracción muy grave de lo pactado o así se ha acordado, cabe instar la disolución de la sociedad, ya sea total (todos a casa) o parcial (se marcha el bueno -separación- o el malo -exclusión-)?

El recurso a utilizar aquí es la idea de que a veces un fenómeno es "rico" en estructuras y esto sucede con lo societario: por un lado, es un simple contrato que regula las relaciones entre las partes sin más límite, como vimos, que las que afectan a la autonomía de la voluntad (su peculiaridad es que es un contrato de colaboración en lugar de cambio); por otro lado, se permite la circulación de la condición de parte (vía venta de la participación social) y, como suele suceder en Derecho, la definición de lo que se traslada en tal caso ya es más rígida, porque se protegen valores como la seguridad del tráfico o la libre circulación de la riqueza.

Un grupo análogo (con doble estructura) se encuentra en el caso de la letra de cambio. Esta instrumenta un derecho de crédito, vamos a decir el de cobrar la renta de un arrendamiento; si no se transmite, o se transmite de forma ordinaria, el arrendatario puede retener su pago debido por ejemplo a unas goteras; pero si acepta una letra y se adquiere ésta por un tercero, ya no puede oponer esta excepción, solo lo que consta en el propio título y ese tipo de historias relativas a la dinámica del contrato subyacente (el arrendamiento) no pueden constar; ahora bien, si al final la letra no circula, entonces la única estructura vigente es la subyacente (el arrendamiento), mientras que la estructura cambiaria se queda en stand-by

En el fenómeno societario, pasa lo mismo (es isomorfo a la letra de cambio), aunque un poco más fuerte, porque lo que circula es la propia condición de socio y de parte en el contrato social. De este modo, cuando hay circulación, el adquirente tiene derecho a que se le aplique la estructura que consta en los estatutos sociales inscritos (el equivalente de lo que se lee en la letra), pero mientras esto no suceda y los únicos socios sean los firmantes del pacto, se aplica solo la estructura del pacto entre ellos y no la circulatoria, que queda durmiente.

Esto me recuerda a la comparación entre números complejos y vectores 2D. Ambos grupos son isomorfos en cuanto a que se trata de objetos con una longitud y una fase o grado de inclinación. Esto se puede expresar así, de forma polar, con un número y un ángulo, o de forma rectangular, con dos componentes, uno horizontal y otro vertical. Ciertamente, junto a esta estructura isomorfa, cada grupo tiene otras estructuras: los vectores pueden no estar fijados a un origen, sino encontrase en cualquier parte del plano; pueden tener 3, 4 o hasta infinitas dimensiones; por su parte, el número complejo puede actuar como escalar o extensión de cada una de las dimensiones de un vector... Esto no quita para que, a efectos menos ambiciosos, ambos grupos tengan estructuras coincidentes y lo que aprende el estudiante para el uno sea territorio conquistado para el otro. Por ejemplo, en ambos casos la combinación de las coordenadas rectangulares, la vertical y la horizontal, mediante el teorema de Pitágoras da la longitud del vector o del número complejo.

Volviendo a lo societario, esto significa que, mientras el estatuto de socio no circule, su régimen se halla en el pacto parasocial y a su vez el régimen de éste debe ser "el mismo" (previa aplicación de la función correspondiente, biyectiva mientras no se demuestre lo contrario) que el de, por ejemplo, un arrendamiento. (Aquí es donde me separo de algunos que, pese a acompañarnos hasta aquí, en este momento se bajan del autobús y de algún modo siguen pensando que el pacto parasocial es "obligacional", pero no "societario": obviamente es las dos cosas.)  

En concreto, como decíamos, la función es aquí y = cómo resolver un problema del contrato social = f(x) = f(cómo resolverlo en el contrato ordinario) y la expresión de esta función (lo que sería el equivalente de un y = 2x, pongamos) es y = "ponga usted hacer aportaciones a un fin común y gestionar su uso a tal efecto donde vea intercambio de prestaciones". Esta función debe aplicarse para hallar la correspondencia entre cada uno de los elementos de una y otra estructura: tanto para determinar si un contrato es válido [f(a)=a'], como para detectar si hay un incumplimiento [f(b)=b'], como para hallar y aplicar el remedio correspondiente [f(c)=c']. A esto ayuda que en mi concepción se mantiene esta equivalencia en todos los elementos, pues a diferencia de otros yo le exijo al pacto que pase un filtro de validez que es societario: solo le eximo de cumplir las normas cuyo sentido es la protección de hipotéticos socios terceros, que aquí no existen; pero sí le exijo que no estreche las paredes societarias asfixiando al socio y, de igual modo, que no cercene un ápice los derechos, asimismo societarios, de acreedores y otros stakeholders. Si se produce entonces un incumplimiento, también societario (el órgano encargado de perseguir el fin común se salta las directrices pactadas), es lógico que se aplique un remedio igual de societario: desde luego el cumplimiento específico (en su ropaje asociativo de anulación del acuerdo social), pero también, en su caso, la resolución contractual (con su vestido de disolución total o parcial del ente).

En resumen, si a + b es c (si se asume el pacto válido de no destinar el local a bar y se incumple, entonces el arrendador tiene acción de desahucio), entonces f(a) + f(b) debe dar f(c) (si se pacta válidamente que la Compañía no venderá patatas sin consentimiento del socio X y el Consejo acuerda hacerlo, X tiene derecho a aplicar los mismos remedios, mutatis mutandis, que en el arrendamiento). 

domingo, 26 de septiembre de 2021

Las verdades oficiales (I) - Aether or not aether?



A veces las discusiones sobre cómo fueron las cosas o cómo se interpreta un concepto se vuelven tan enconadas y estériles, que la comunidad científica se siente en la necesidad de dar una interpretación oficial que supuestamente zanjaría la cuestión. Esta es una interpretación "mínima", que se detendría en el borde a donde nos lleva la evidencia incontestable. Cruzar esa línea sería tabú, para personas serias, porque -a falta de evidencias- estaríamos hablando por hablar, en el reino de la pura y caprichosa especulación. Pues bien, esto en sí no está mal, pero el problema que plantea es dónde situar la frontera y la polémica que puede surgir es si los autores de tal interpretación oficial no están arrimando el ascua a su sardina, al colocar en ella poco o demasiado, dejándose en el tintero verdades útiles o metiendo afirmaciones no contrastadas, siempre de forma que contribuye a su particular forma de ver las cosas.

Podemos ilustrar esta idea con dos ejemplos científicos (la teoría de la relatividad especial de Einstein y el principio de incertidumbre de Heisenberg) y con otro político (la Guerra Civil española).

En este post me ocupo solo del relato estándar sobre la relatividad, que es este: 

  • los científicos de finales del siglo XIX creían que el espacio estaba lleno de un medio, del cual la luz (la radiación electromagnética) sería una perturbación que se propaga como una onda, de la misma forma que el sonido es una onda en el aire, el agua o un sólido; 
  • a este medio de propagación de la luz se le llamaba el aether (lo ponemos así, en latín, para no confundirlo con el componente químico, el éter); 
  • hay que tener en cuenta que, a diferencia de lo que sucede con una bala de cañón o una pelota que se lanza desde un tren, la velocidad de una onda es independiente de la de la fuente desde la que se emite y solo depende de las características del medio de transmisión; 
  • si esto es así, resultaría que, para un observador que se halla en movimiento respecto del aether (como sería la Tierra, que se mueve alrededor del Sol, que también gira en torno al centro de la galaxia..), la luz viajaría a distintas velocidades en distintas direcciones, como le pasa al sonido cuando uno grita en un vehículo descubierto, que no arrastra consigo el aire;
  • el experimento Michelson Morley de 1887 demostró que no era así; 
  • algunos científicos como Lorentz dieron de esto una explicación ad hoc, la de que el instrumento de medición se acortaba en la dirección de avance respecto del aether; 
  • pero entonces Einstein proclamó "el aether no existe" y proporcionó una explicación alternativa y genial, la de que la velocidad de la luz es la misma para todo observador porque, en cambio, el tiempo (el concepto de simultaneidad entre dos eventos y la duración del lapso de tiempo entre dos eventos) y las longitudes de los cuerpos son relativos, es decir, cada observador obtiene sobre esto distintas mediciones.

La realidad, sin embargo, es otra.  

Por lo pronto, la tesis de Einstein no corta por lo sano con todo lo anterior. Parte de las fórmulas matemáticas de Lorentz. Engarza también (aunque no se sabe si le leyó o no) con las reflexiones que había tenido el gran Poincaré sobre la base de los estudios de Lorentz, apuntando que no solo las longitudes sino también la medición del tiempo y hasta de la simultaneidad podían seguir convenciones (mediante rayos de luz que rebotan) que conducen a la relatividad del tiempo y a la constancia en la velocidad de la luz que mide todo observador. 

Así las cosas, no es que pretendamos quitarle el mérito a Einstein, como a veces se intenta, de ser el creador de la  de la relatividad (la especial, en este caso; la general es la que introduce la gravedad y formuló después). Él es el primero que la expone de modo tajante y categórico, en forma que no depende de ninguna realidad física (más allá del hecho de que la velocidad de la luz es independiente de la de la fuente que la emite). Y esto es porque Einstein quería asegurar a toda costa el principio, sin el cual la física saltaría por los aires, con arreglo al cual sus leyes deben ser las mismas para todo observador: si uno hace un experimento en la tierra y lo repite en un tren que se mueve a velocidad constante, el resultado debe ser el mismo. Esto lo consigue de la forma indicada (relativizando tiempo y longitud a costa de absolutizar la velocidad de la luz) y entonces eso exige, naturalmente, que esta solución juegue de forma general e inapelable. Por ejemplo, hay que tener en cuenta que el aether era -se suponía- el medio de propagación de las ondas electromagnéticas, pero existen otras fuerzas y otros fenómenos oscilatorios con los que se podría a lo mejor medir el tiempo. Sin embargo, la sencillez de la teoría de Einstein consiste en que todo el tiempo, como tal concepto matemático, es relativo. De hecho, Lorentz, cuando comentaba la teoría de Einstein, ponderaba que les había ahorrado a los científicos perder su tiempo discutiendo sobre si el aether era así o asá (cuáles eran sus escurridizas propiedades) y cómo influía esto en los fenómenos físicos. Einstein había dado el salto a lo esencial, resolviéndolo y evitando que la gente se metiera en berenjenales. 

Así pues, la gracia de la teoría de la relatividad es que no está ligada a una interpretación física determinada, pero esto no significa que no se sustente sobre una, pues la realidad lo hace. En particular, esto no significa que la teoría desmienta al aether, esto es, demuestre que no exista. De hecho el propio Einstein en manifestaciones posteriores así lo asume sin ambages. 

Por fin, si acude uno a las fuentes actuales más autorizadas (puede verse en este sentido esta FAQ de un reputado foro de física), descubre que allí se afirma lo siguiente: la teoría de que el aether existe es una "interpretación" compatible con la teoría de la relatividad de Einstein, como lo son también otras lecturas alternativas (se habla así de la del block universe, que viene a decir que el universo tiene una estructura geométrica, formada por las 4 dimensiones, las 3 espaciales y el tiempo, formando un bloque que incluye todos los rincones y todo el tiempo pasado y futuro); todas estas lecturas comparten la misma matemática de la relatividad, asumen la misma evidencia experimental y predicen los mismos resultados; concluye entonces el autor que tendrán valor filosófico, pero no científico; afirma también que a los científicos les ha interesado poco este debate y termina prohibiendo que se produzca en el foro de marras.

A mí esto último me parece básicamente bien, aunque con matices, pues linda con los excesos. 

Me parece magnífico que el autor reconozca que el aether no está descartado, frente a lo que machaconamente repite la verdad oficial de los libros de vulgarización científica y proclaman muchos  textos y profesores universitarios. Sobre esta base, si usted es místico y cree en el concepto de akasha, esa sustancia que los libros sagrados hinduistas dicen que impregna todo el universo, y lo quiere identificar con el aether, puede hacerlo a sus anchas. A mí en particular me gusta la idea porque akasha también se traduce como "cielo" y entonces significa que éste (¿el Reino de los Cielos?) es algo que nos rodea e impregna aquí y ahora... Cuestión distinta y comprensible es que el científico no quiera acompañarle a uno en esa divagación y prefiera refugiarse en lo que es el cogollo de su profesión: verdad, para él, es lo que mide y con lo que predice resultados, y eso y solo eso es lo que se puede discutir en sus foros. 

Ahora bien, la duda es precisamente si la interpretación del aether no añade nada para esta reducida parcela. Este es el problema que tiene prohibir de forma muy radical. Suele ser un un exceso, porque de esa manera se hace supuesto de la cuestión: se presume que la discusión será inútil, lo cual está por ver, mientras no se celebre.

Así, para empezar, yo reivindico el valor didáctico de la interpretación aetheriana, en cuanto es una forma muy razonable (sea o no verdadera) de entender por qué el tiempo es relativo. Por ejemplo, yo digo lo siguiente. Vamos a suponer que mido el tiempo con un pulso de luz que oscila dentro de un tubo. Depende entonces el resultado de mi estado de movimiento respecto del aether. Para intentar evitarlo, utilizo un método mecánico: imaginemos que estoy en un barco y dejo caer una pelota, para que bote dentro de una campana (supongamos que, en el vacío, para que no haya fricción externa). La pelota, como decía Galileo, ha tomado el estado de movimiento del barco y lo conserva por inercia, sin que nada ocurra. Por eso, el movimiento que adquiere al dejarla caer es añadido al del barco y, por eso, cae verticalmente en relación con la nave, aunque lo haga diagonalmente desde el punto de vista de un observador en el puerto. En principio, todo esto parece conducir a la idea de que dos pelotas que se lanzan a la vez, cuando coinciden un instante, una desde el puerto, otras desde el barco, llegarían al suelo también a la vez "en términos absolutos": es verdad que la ajena recorrería, desde nuestro punto de vista, más espacio, pero la misma causa que determina su alejamiento determina a la vez esa velocidad horizontal que tiene la pelota respecto de mí. ¿Y qué quiere decir esa simultaneidad "absoluta"? Significa simplemente que, si existiera un medio de comunicación capaz de viajar a velocidad infinita (instantáneamente), "presenciaría" los dos impactos. Sin embargo, la realidad nos pone varios obstáculos a estos efectos. Primero, para que el reloj-bola pueda medir el tiempo, debe oscilar, esto es, chocar con el suelo y salir rebotado. Esto se produce por una interacción electromagnética entre la pelota y el suelo, la cual no sería instantánea y vendría condicionada por el aether y daría, por ende, distintos resultados en función del estado de movimiento del observador. Segundo, para medir el lapso de tiempo entre dos sucesos que ocurren en lugares distintos, necesito dos relojes distantes, que deben haber sido previamente sincronizados: a estos efectos debo utilizar lo que se llama la convención de Einstein-Poincaré, que consiste en que pongo mi reloj a cero, lanzo una señal de luz al otro reloj, rebota en él, mido el tiempo del viaje de ida y vuelta, divido por 2 y este es el tiempo que debía lucir el 2º reloj cuando recibió la señal; si hago esto con la luz, dependo del aether, pero si lo hago con una pelota también he de padecer una interacción electromagnética al impulsarla de ida y al hacer que rebote de vuelta, luego de nuevo el aether condiciona el resultado.

En segundo lugar, recordar que las cosas tienen una explicación física permite evitar predecir tonterías, como que pueda haber dos realidades. Me explico, volviendo a lo que apuntaba en este post anterior. La teoría de Einstein asume que nada puede viajar más rápido que la luz. Esto le quita dramatismo al hecho de que la simultaneidad sea un concepto relativo. Como decía entonces, al comentar la paradoja de Andrómeda, yo puedo afirmar que un ejército salió de aquella galaxia en el momento en que nos encontramos ayer tú y yo, mientras tú afirmas que en ese instante de nuestro encuentro el general no había aún dado la orden de viaje; pero ambos coincidimos en que en ese momento, si cualquiera de nosotros hubiera querido frustrar la orden de partida (por ejemplo, fulminando con un rayo láser al general), le habría resultado imposible, porque el rayo no habría llegado a tiempo para cumplir su cometido. Pues bien, muchos dicen que, si se descubre que algo puede viajar más rápido que la luz, de pronto habrá dos realidades: para mí seguiría siendo imposible parar al general, para ti ya sí sería posible, porque tienes "tiempo" y el medio para ello. Pero eso es una bobada. Tú te crees que tendrías tiempo, pero no lo sabes. Lo único que dice la teoría de Einstein es que tienes un tiempo insuficiente si empleas un medio que viaje a velocidad no superior a la de la luz, pero no que tengas tiempo suficiente si tu instrumento es más rápido que eso. Y yo me doy cuenta de esto porque asumo que la teoría solo funciona (hace predicciones) en la medida en que se cumplen sus premisas físicas (juega en las mediciones un límite máximo de velocidad y eso tiñe el resultado de aquéllas) y que si las premisas fallan, la teoría (una teoría de tiempos relativos) ya no informa sobre el tiempo disponible (¡el absoluto!) para influir sobre un evento distante. 

Finalmente, el empeño en descartar que la luz viaje por un medio, nos priva de la inestimable ayuda de la analogía. Hago también un excursus para explicarme. 

Una onda es como muchos muelles ligados entre sí. Y un muelle (en realidad, un sistema compuesto de una masa que cuelga de un muelle) oscila gracias a dos propiedades: elasticidad e inercia. 

Cuando digo "elasticidad", en realidad podría decir "elasticidad-rigidez", porque de lo que se trata es de que, cuando se deforma el muelle, retorna a su posición de equilibrio (es "elástico"), pero la propiedad informa también sobre cuánto cuesta deformarlo (cuán "rígido" es). En efecto, tener más de esta propiedad significa que se requiere más fuerza para comprimir o estirar el muelle y que, por ende, cuando retorna a su posición de equilibrio, lo hace con más virulencia y más rápido. 

En cuanto a la "inercia", que es lo que tiene la masa, el papel que juega es el de asegurar que el ciclo continúa: cuando pasa por la posición de equilibrio, ha acumulado una velocidad que le lleva a sobrepasar ese punto por inercia y de esta forma volver a deformar el muelle, que solo cuando la detiene inicia el retorno. Así una y otra vez, en tanto la fricción externa (por ejemplo con el aire) o interna (entre las moléculas del instrumento o del medio) no vayan agotando la energía.

Como decía, este esquema se repite en el caso de la onda, si bien aquí las propiedades de elasticidad e inercia no se aplican a un instrumento, sino a un medio y, por eso, son intensivas: lo que se mide es cuánto de ellas tiene el material por unidad de longitud o de volumen, según se expanda la onda de un modo u otro. Así en lugar de la constante de rigidez de un muelle concreto o de la tensión de una cuerda, se habla del módulo de rigidez de un material y en lugar de la inercia o masa de un objeto, se habla de la densidad del material. La velocidad de propagación de la onda depende de forma proporcional de lo primero (lógicamente, cuanto más rígido, con más fuerza y más rápido rebota) e inversa de lo segundo (cuanto más masa hay que mover en la oscilación, más despacio avanza). 

De este modo, por ejemplo, la velocidad de la onda en una cuerda es raíz cuadrada de su módulo de rigidez lineal (o módulo de Young) dividido por su densidad lineal o la del sonido en el aire es también su módulo de rigidez dividido por su densidad volúmica...

Hete aquí, sin embargo, que la velocidad de la radiación electromagnética en un medio (el aire, el agua) se rige por esta fórmula, que parece que no tenga nada que ver (donde lo que está en el denominador es la permitividad eléctrica y la permeabilidad magnética del material de que se trate):


Pero si uno hurga un poco, resulta que la luz se propaga en un medio aprovechando que éste tiene dipolos: en los átomos o las moléculas hay ciertos desequilibrios espaciales de la carga eléctrica, que está más inclinada de un lado que de otro. La radiación lo que hace es alterar ese dipolo, como si se levanta un péndulo o se comprime un muelle. La facilidad con la que se produce la polarización en un medio es la permitividad. Luego basta invertir el concepto, ponerlo en el numerador, llamarlo "antipermitividad" y ya tenemos el equivalente del módulo de rigidez, lo que genéricamente podríamos llamar "antideformatividad". 

Por su parte, la permeabilidad magnética, se dice, es la facilidad con la que se carga magnéticamente un material. A su vez, el magnetismo es carga eléctrica en movimiento: una carga que se mueve, una corriente, el spin que tienen los electrones, o el propio hecho de que todos los dipolos tiendan a orientarse en la misma dirección... Bien, pues aquí se me escapan muchos detalles, pero lo cierto es que la masa es energía encapsulada, lo que casa con la idea del magnetismo como electrones que se revuelven alineados en una misma dirección...; no digo barbaridad alguna, pues ciertamente los libros equiparan el rol del magnetismo al de la masa o inercia. La permeabilidad juega pues el papel de la densidad, aunque no sea lo mismo.

Por fin, si saltamos de la propagación de la luz en un medio material a su viaje por el vacío, basta quitar el subíndice "m" y hablar de la antipermitividad y permeabilidad del vacío como los equivalentes de la rigidez e inercia de los medios materiales. 

Esto no quiere decir que los conceptos "análogos" tengan exactamente el mismo comportamiento que los originales. Analogía no es identidad, sino una igualdad que solo existe "a determinados efectos prácticos". Un hombre y una mujer son iguales a efectos de disfrutar de los  mismos derechos fundamentales, como la igualdad de remuneración en el trabajo, pero una tiene útero y gestación y el otro no, de modo que sería irrazonable practicar al segundo una cesárea. Siempre hay que hacer el oportuno mutatis mutandis. Por ejemplo, me viene a la mente que la onda mecánica se va amortiguando, porque -aunque no haya fricción externa- la hay interna dentro del medio (la elasticidad, precisamente, no es perfecta y hay moléculas que no regresan a su posición original, quedando disipada esa energía). En cambio, en la onda electromagnética la parte equivalente a la masa (que no es masa...) no padece fricción: la onda pierde intensidad porque se expande en el espacio, pero sigue avanzando eternamente a la misma velocidad.

Ahora bien, el que las analogías no sean identidades no les priva de utilidad. Antes bien, es hacer la comparación lo que revela tanto las afinidades como las divergencias entre los fenómenos comparados  y permite entender mejor cada uno de ellos. 

En conclusión, la verdad oficial no debería ser que la radiación electromagnética no se propaga por un medio, ni tampoco que es acientífico hablar de ello; habrá "medio" o no, pero en todo caso es posible y útil considerarlo, desde la propia perspectiva científica. Yo por mi parte lo veo esto como las muñecas rusas: hay un medio básico cuya oscilación es la luz; cuando esa oscilación de la luz (u otras formas de energía) se ve atrapada y encapsulada, recibe el nombre de materia y puede tener inercia; a su vez, la oscilación de la materia nos da las ondas mecánicas, como la de una cuerda, las olas del mar, el sonido... Los dos medios (el primario -el vacío de masa- y el secundario -el hecho de masa-) funcionan de forma idéntica en cierto sentido y distinta en otro, pero la comparación entre ellos es enriquecedora. (Por cierto, fantaseando un poco, podía pensar uno en una oscilación de tercer grado: olas de olas, waves of waves, como, según proclama, intenta reflejar el dibujo del principio...)

NOTAS: 

Sobre la opinión de Einstein en torno al aether, hay que considerar:

  • La conferencia que dio en la Universidad de Leyden en 1920, que se puede leer aquí.
  • El artículo "Concerning the aether" de 1924, que se encuentra aquí.
La interpretación oficial es "aunque Einstein de alguna forma volvió al aether en el contexto de la relatividad general, no le damos importancia a este giro final y mantenemos lo dicho". Pero lo cierto es que en estos textos (en el primero se ve más claro; el segundo es más difícil de seguir) sí que habla de aether en el contexto de la relatividad especial, como medio de la luz y lo admite, como algo que no es "ponderable" (o sea, no tiene masa ni, por tanto, inercia).

POSDATA (editada 21-10-2021 y 8-7-2022):

Una tentación que puede existir es decir que la luz se propaga por el campo electromagnético, como si esto cumpliera la función del medio y quedarse contento: la estupidez de los antiguos sería haber pensado que había algo fantamagórico en el ambiente, una sustancia misteriosa, pero ahora sabríamos que lo que hay es campos. Lo que pasa es que los campos no son cosas, que puedan estar ahí, sino que son propiedades de las cosas. Por ejemplo, tenemos una masa de aire con una distribución de temperatura y el campo no es el aire, sino las temperaturas de esas moléculas y la regla sobre cómo se distribuye dicha propiedad entre ellas, en función, por ejemplo,  de su proximidad a una fuente de calor.

Por eso, decir, como a veces se dice, que la luz no es una excitación de un medio, porque la explicación de su propagación es que un campo eléctrico cambiante en el tiempo genera un campo magnético también cambiante y viceversa y así sucesivamente, es hacerse trampas en el solitario, porque sería como decir que no existe una barra de acero, porque el sonido se propaga en la misma por un cambio en el tiempo de la amplitud de la compresión/estiramiento de sus moléculas, que a su vez genera un cambio en el tiempo de la velocidad de las mismas y viceversa y así sucesivamente.

En cualquier caso, voy comprobando que hay científicos que no se han cansado de defender la teoría del aether y lo que parece estarse imponiendo entre estas buenas gentes es la idea de que este medio es visco-elástico, esto, es aparte de ser elástico (deformación casi instantánea y retorno casi instantáneo al punto de equilibrio) tiene un componente de viscosidad (deformación progresiva en el tiempo). Vid. este artículo o este o este.